ESPAÑOL

Construyendo una cultura de vida

Como católicos, alabamos a Dios por su genio creativo. Proclamamos que toda vida es buena y que cada vida humana es muy buena. Cada vida humana, desde el momento de la concepción, es un signo de la libre decisión de Dios de traer al mundo una nueva vida. La decisión es de Dios. Dios elige. Dios elige amar. Dios elige la vida.

Un diccionario católico para la planificación pastoral

Al iniciar una fase más pública del proceso de planificación pastoral de la arquidiócesis, deseo revisar la terminología. Esto podrá parecer básico, pero es importante que, cuando escuchamos ciertas palabras, utilicemos definiciones comunes.

Un llamado a abordar el racismo en nuestros corazones y en nuestras comunidades

Los obispos católicos de Estados Unidos emitieron recientemente una carta pastoral en contra del racismo, titulada: Abramos nuestros corazones: El incesante llamado al amor. En esta instrucción, llamamos a una conversión de nuestros corazones, mentes e instituciones para enfrentar los males del racismo que todavía existen en nuestro país y en nuestras comunidades. Como escribimos en la carta:


“El racismo ocurre porque la persona ignora la verdad fundamental de que, al compartir todos los seres humanos un origen común, todos son hermanos y hermanas, todos igualmente hechos a imagen de Dios. Cuando se pasa por alto esta verdad, la consecuencia es el prejuicio y el temor al otro y, con demasiada frecuencia, el odio.”


El homicidio de George Floyd en Minnesota el lunes, 25 de mayo, fue muy traumático y espantoso. Deseo reconocer la ira, el dolor y la tristeza que estos y otros encuentros entre oficiales de la policía y hombres de raza negra evocan no solo en Minnesota, sino en todo el país y en nuestra propia familia de fe.


Estas muertes son trágicas, y dejan al descubierto una conexión sintomática y profundamente arraigada entre el racismo institucional y la continua erosión de la santidad de la vida. Si nosotros no respondemos apropiadamente como sociedad, estaremos tácitamente consintiendo la matanza continua de hombres de raza negra desarmados. La matanza insensata desafía los principios fundamentales de justicia, toda noción de dignidad y el hecho de que todas nuestras vidas están conectadas. Como seres humanos, somos responsables los unos delos otros.


Como bien lo expresó la Jefa del Departamento de Policía de Seattle, Carmen Best, en su declaración al SPD el 27 de mayo: “ser policía es una profesión honorable llena de servidores públicos honorables, comprometidos a proteger la vida y a servir a la comunidad”. La jefa de policía también manifestó a sus oficiales que, si ellos observan a un compañero hacer algo que no es seguro, que no sigue las políticas, que es inaceptable o ilegal, necesitan actuar, y que, si la vida de alguien está en peligro innecesario, es su responsabilidad intervenir.


Como católicos, estamos llamados a tener los mismos parámetros de comportamiento. No podemos quedarnos inmóviles y no responder a incidentes de racismo y al trato inhumano de nuestros hermanos y hermanas de raza negra, ni de ninguna persona.

Ya sean ciudadanos u oficiales de la ley, todos somos parte de una comunidad que es responsable de cuidar unos de otros. Nuestra longeva doctrina social cristiana acerca del bien común no pide menos de cualquiera de nosotros.

El hecho de que fuimos creados a imagen de Dios nos enseña que cada persona es una expresión viva de Dios que debe ser respetada y preservada y nunca deshonrada. Continuemos orando y trabajando juntos por la conversión personal y social necesaria para enfrentar el mal del racismo.

 

Noroeste Católico –  Julio/Agosto 2020

El sacramento de la Virgen

María y la Eucaristía

Cada mañana, al alistarme para empezar un nuevo día, parte infaltable de mi indumentaria es mi reloj de pulsera. Además de serme muy útil indicándome la hora, es para mí un verdadero sacramento de mi padre, que en paz descanse. Al reverso le mandé grabar el nombre de mi papá, la fecha de su muerte y la frase: “Con eterna gratitud”. Seguramente todos tenemos sacramentos como ese en nuestras vidas.

Los Hechos de los Apóstoles expresamente mencionan: “Cada día unidos en un mismo espíritu, partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios” (2,46-47). Sin duda alguna una de las casas privilegiadas en donde se celebraba la “Fracción del Pan” era la casa de María, la madre de Jesús. Esa era la casa donde Jesús creció y aprendió a ser hombre. Que mejor sacramento-signo para todos de la perfecta humanidad de Jesús.

María era en sí misma un sacramento viviente para los nuevos discípulos. Ella que lo llevó en su vientre convirtiéndose en la casa del “Dios con nosotros”. No había mejor lugar para perpetuar ese sagrado memorial legado por Jesús. Me imagino a María recibiendo de manos de Pedro o de Juan el Pan de la comunión de los creyentes en su propia casa y orando en su interior con una fe tan profunda como nadie más puede, “Este es mi Dios y es mi hijo”.

María, sacramento humano de fe en el poder infinito de Dios, nos entrega al Sacramento por excelencia. Nos entrega al Verbo eterno de Dios, tomando de su vientre, su carne y sangre terrenales para transformarlas en carne y sangre divinas y alimentar al mundo con el Pan del cielo por los siglos venideros.

Cómo habrá gozado y sufrido María cada vez que participó en la Eucaristía. Cómo habrá crecido en su entendimiento de ese gran misterio. Cómo habrá crecido su gratitud de ser el instrumento escogido para ofrecer el Pan de Vida al mundo. Cómo habrá sufrido cada día la separación física de su hijo. Cómo habrá anhelado reunirse con su amado hijo y Señor.

El Venerable Padre Félix Rougier, fundador de los Misioneros del Espíritu Santo, en su libro intitulado María, dice que: “Cuando Jesús quiso que su santa madre trabajara largos años después de su Ascensión, en la formación de su Iglesia, previó la soledad de su madre y cuán cruel sería la separación que le iba a pedir, y para no dejarla sola, Jesús instituyó la Eucaristía. Ese era el único consuelo capaz de calmar los dolores de su soledad”.

Después de recibir a su Hijo y su Dios en la Fracción del Pan, seguramente el alma de María explotaba en alegría con la alabanza del Magníficat que gracias a Sn. Lucas conocemos en tan excelsa oración Mariana: “Proclama mi alma la grandeza del Señor” (Lucas 1,46). En este Año de la Eucaristía, hagamos nosotros lo mismo.

 

Noroeste Católico – Julio/Agosto 2020