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Aprendiendo la sabiduría de la cruz, paso a paso

Foto: Christ appearing to St. Peter on the Appian Way, Annibale Carracci/National Gallery Foto: Christ appearing to St. Peter on the Appian Way, Annibale Carracci/National Gallery

Como Pedro, estamos llamados a seguir al Señor, con todas nuestras debilidades y caídas

La Vía Apia, la calzada más antigua y famosa de Roma, fue abierta en el año 312 a.C. por el cónsul Apio Claudio, de quien toma su nombre. Conocida como la Regina Viarum (Reina de los Caminos), estuvo alguna vez bordeada por villas lujosas, templos y monumentos. Justo fuera de la Puerta de Sn. Sebastián en la Vía Apia se encuentra una pequeña iglesia conocida como Domine quo vadis.

Según una leyenda antigua, los cristianos de Roma apremiaron a Pedro para que huyera durante la persecución de Nerón. Un relato del siglo cuarto por el Pseudo-Lino describe la escena:

Entonces Pedro, al oír estos planes y teniendo una naturaleza sensible —
nunca era capaz de ver las lágrimas de los sufrientes sin llorar él mismo —
quedó sobrecogido por estos lamentos…
La noche siguiente, tras la oración litúrgica, se despidió de sus amigos,
encomendándolos a Dios con su bendición y partió solo.

Estaba a punto de cruzar una de las puertas de la ciudad cuando vio a Cristo aproximarse. Le hizo una reverencia y le preguntó, “Señor, ¿a dónde vas?” (“Domine, quo vadis?”). Cristo respondió, “Me dirijo a Roma para ser crucificado una vez más”. Pedro le preguntó, “¿Serás crucificado de nuevo, Señor?” Y el Señor le respondió, “Sí, seré crucificado de nuevo”.

Pedro contestó, “Señor, déjame volver y seguirte”. Entonces el Señor se elevó hacia los cielos. Pedro lo contempló y lloró con alegría. Cuando volvió en sí, comprendió que esas palabras se referían a su propio martirio, es decir, cómo el Señor habría de sufrir en él, así como sufre con todos sus elegidos. Pedro volvió lleno de gozo a la ciudad, glorificando a Dios.

En el Evangelio según Sn. Juan, Jesús habla de la muerte de Pedro: “«En verdad, en verdad te digo que, cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras.» Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme.»” (Juan 21,18-19)

Pedro fue crucificado el 29 de junio del año 67 en la Colina Vaticana (de cabeza, según la tradición, porque no se consideraba digno de ser crucificado como el Señor). El Pseudo-Lino escribe que ofreció estas palabras de consuelo a quienes fueron testigos de su martirio:

¡Grande y profundo es el misterio de la cruz! Dios atrae todas las cosas a sí mismo mediante la cruz. La cruz es el signo de vida, por el cual el imperio de la muerte fue destruido. Tú me lo has mostrado, Señor. Abre los ojos de estos también para que puedan contemplar el consuelo de la vida eterna.

La historia de Quo vadis enseña que el martirio de Pedro fue un momento decisivo para la Iglesia naciente. En un tiempo de una fiera persecución, los cristianos comenzaron a comprender tanto la importancia como los riesgos de su propio testimonio de Cristo y fueron motivados a perseverar como lo habían hecho Pedro y el Señor mismo. Cuando Sn. Juan Pablo II visitó la iglesia de Quo vadis en 1982, dijo que la leyenda tenía una importancia particular para todos los sucesores de Pedro, que están para dar sus vidas por el Evangelio bajo cualquier circunstancia.

El encuentro de Pedro con el Señor en la Vía Apia da a todos los discípulos una lección muy personal. Habiendo sido una vez lleno de fe, impetuoso, testarudo, valiente y frágil, Pedro tuvo que aprender la sabiduría de la cruz paso a paso. Invitado por Jesús a caminar hacia él en las aguas, bajó de la barca pero pronto comenzó a hundirse, asustado por el viento y las olas. Cuando Jesús dijo que habría de sufrir y morir, Pedro no pudo aceptar que tal cosa sucedería. Al final, aterrado y sacudido por los cuestionamientos de los otros que se calentaban en la hoguera, negó conocer a Jesús.

Susceptible al desaliento y lento para comprender, fue sin embargo elegido y se le dio el valor para perseverar cuando el andar se tornara difícil. Huyendo de una ciudad peligrosa para los cristianos, Pedro se encontró de nuevo con el Señor y vio que su cruz era de hecho la cruz de Cristo, quien lo había invitado a compartirla.

¿Quién de nosotros no se ha sentido desalentado o descorazonado por las pruebas de la vida, por nuestra fragilidad? ¿Quién no ha salido en pos de Jesús solo para ser asustado por los vientos huracanados? ¿Quién no ha pretendido decirle al Señor que debe haber otro camino? ¿Quién no ha necesitado de un desafío para perseverar de cara a los obstáculos?

¿Quién no ha sido confrontado por la oposición para ser ridiculizado por nuestra fe cristiana? ¿Quién no ha extendido la mano al Señor buscando fortaleza en el arduo camino?

Pedro era débil pero siempre dispuesto a encontrarse con Jesús, aun en la Vía Apia, la supercarretera romana por donde pretendía escapar de la cruz. Cuando nos sentimos sobrecargados y tentados a rendirnos, le pedimos a Jesús en oración, “Señor, ¿a dónde vas?” Él responde, “He recorrido este camino antes que tú. Es mi propio sufrimiento el que compartes. ¿A dónde me dirijo? A cargar tu cruz”.

Y a Él respondemos, “Señor, regreso para seguirte”.

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Noroeste Católico – Julio/Agosto 2018

Arzobispo J. Peter Sartain

Envíe sus intenciones de oración a la Lista de Oración del Arzobispo Sartain a la Arquidiócesis de Seattle, 710 Ninth Ave., Seattle, WA 98104.

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