Celebrando la Pascua — liberados por su amor

Foto: Ottavio Vannini/Wikimedia Commons Foto: Ottavio Vannini/Wikimedia Commons

Al inicio de la vida pública de Jesús, Juan el Bautista lo señaló a dos de sus discípulos. Jesús volteó y les preguntó, “¿Qué están buscando?”

Le respondieron, “¿Dónde te hospedas?” y Jesús respondió, “Vengan y verán”.

Durante la Semana Santa me encuentro reflexionando sobre una breve sección de la Pasión según Juan que hace eco a aquel encuentro temprano.

Cuando Judas llegó al jardín con los soldados armados con linternas y armas, Jesús salió a su encuentro. (Cf Juan 18,4-8)

“¿A quién buscan?”, les preguntó. Cuando respondieron, “A Jesús de Nazaret”, Él contestó “YO SOY”. Juan el Evangelista es claro en que Jesús no dijo “Yo soy Jesús de Nazaret”. Más bien, dijo “YO SOY”, El nombre propio de Dios que reveló a Moisés ante la zarza ardiente. (Cf Éxodo 3,14)

La Pascua es el tiempo propicio para dejar a Jesús mirarnos a los ojos y preguntarnos, “¿Qué estás buscando? ¿a quién estás buscando?”

Tales preguntas inciden en el corazón, porque presuponen que estamos buscando, que estamos anhelando, que estamos alcanzando algo más allá de nosotros mismos. Siempre lo estamos haciendo, nos demos cuenta o no.

¿Quién de nosotros no ha sentido un anhelo interior, un anhelo que no podríamos identificar o comprender, que simplemente no se va? ¿Quién de nosotros podría negar que a veces nos hemos perdido buscando nada en particular, solo para toparnos con las cosas equivocadas? Quizás aquellas cosas equivocadas nos asustaron, o peor aún, quizás no. ¿Quién de nosotros podría negar que a veces hemos asumido tontamente que nuestro anhelo podría ser satisfecho con algo que no es bueno para nosotros?

¿Quién de nosotros no ha ido buscando a Dios, esperando que Él también nos esté buscando a nosotros?

“¿Qué estás buscando? ¿a quién estás buscando?”, pregunta Jesús. Podamos o no señalar la respuesta, hayamos o no resuelto qué buscamos, la respuesta sencilla que dio Jesús a los discípulos de Juan es en verdad la respuesta para todos nosotros: “Vengan y verán”.

¿Qué fue lo que aquellos que lo siguieron — no los que lo veían por casualidad, sino quienes en verdad lo siguieron — terminaron por ver? Vieron a Jesús liberando a la gente.

Vieron a Jesús liberando a los pecadores del camino equivocado, de la culpa y del oprobio. Lo vieron liberar a los enfermos de sus males y de su destierro de la vida normal. Lo vieron liberar a los coléricos de su parálisis contenida, a los ciegos de su ceguera, a los faltos de esperanza de su desesperación, a los orgullosos y engreídos de su presunción. Vieron gente ordinaria — gente sin malas intenciones, que solo trataba de ser buena — descubrir el camino verdadero a la felicidad. Vieron a Jesús mostrar otro camino, alternativo al camino del poder y la fuerza en el mundo, el camino del amor. Lo vieron liberar a los muertos de la muerte y volverlos a la vida.

Pero, ¿cómo fue que Jesús trajo esta libertad a los que iban en su búsqueda? La respuesta se encuentra en su pasión y muerte. Juan Evangelista nos cuenta que en el jardín donde Jesús preguntó a Judas y sus acompañantes una vez más a quién buscaban, ellos le respondieron igual que antes, “A Jesús de Nazaret”. Pero esta vez, Jesús dijo algo sorprendente:

“Les he dicho que YO SOY. Así que, si me buscan a mí, dejen a estos marcharse”.

“Dejen a estos hombres marcharse”. Esta breve frase da una pista de la misión redentora de Jesús. Fue como si hubiera dicho “Yo tomaré su lugar. Yo mismo asumiré su culpa, su pecado, su enfermedad, su orgullo, su cólera, su ceguera, su exilio, su hambre de poder, su miedo, su vergüenza, su sentencia de muerte… para que puedan liberarse de una vez por todas. Déjenlos marcharse. Es a mí a quien buscan”.

Todo lo que Jesús llevó a la cruz fue el pecado o las consecuencias del pecado y se acumularon hasta morir. Tomando todo consigo, Jesús lo llevó al Calvario, tomando nuestro lugar, el sitio de la culpa, para que pudiéramos irnos libre. Su Padre celestial lo levantó de entre los muertos para que nosotros pudiéramos ser libres de la muerte.

La Pascua es el tiempo para buscar y encontrar a Jesús, de ser liberados por su amor. Es tiempo para disfrutar con gratitud y confianza la mano que nuestra amistad eterna con Dios nos extiende y toma nuestra fe — nuestra vista — con seriedad.

Vengan y verán.

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Noroeste Católico – Abril 2019

Arzobispo J. Peter Sartain

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