Cómo tener una sagrada familia

Era un caluroso día de julio hace 32 años cuando mi familia posó por última vez para un retrato formal. Ahí estamos mi madre y sus cinco hijos (mi padre había muerto en 1972), esposos y nietos, de pie o sentados con atención en la sala, con nuestros trajes de domingo, zapatos bien boleados y cabello bien peinado, sonriendo como si no hubiera preocupaciones en el mundo.

Sin embargo, lo que la fotografía no muestra es cómo aquel día de julio fue uno de los más calurosos que se hayan registrado y cómo el aire acondicionado estaba trabajando a su límite. No muestra cómo el fotógrafo y su asistente tenían que usar cualquier animal de peluche cercano para hacer reír a los pequeños. No muestra cómo se nos había advertido en privado que al menos una esquina del recién tapizado sofá saliera en la foto. No muestra como yo estaba de prisa por salir a una boda a 100 millas de distancia.

No muestra lo que pasaba por nuestras mentes y nuestros corazones aquel día, los gozos, los recuerdos, las preocupaciones, la ilusiones, los sueños.

El producto final, aunque hermoso y atesorado por cada uno de nosotros, no cuenta en realidad nada acerca de nuestra familia. Solo expresa cómo nos veíamos y cómo estábamos vestidos aquel caluroso día de julio.

Las familias son más que un retrato. Somos comunidades vivientes y que respiran, de personas que comparten una herencia y que dan uno al otro cierta identidad. No podemos ser capturados por el disparo de una cámara o un teléfono móvil, porque siempre estamos cambiando, creciendo y adaptándonos. ¡Es raro el tiempo que podemos llamar “status quo” en la familia! Pertenecemos a generaciones antiguas de muy atrás; pero que también son jóvenes y constantemente estirándose hacia el futuro.

Como reza un antiguo proverbio, “Ninguna familia puede colgar un letrero que diga, ‘Aquí nada importa’”.

Desde que se tomó ese retrato, mamá también ha partido a la casa del Señor y la familia se ha extendido considerablemente, ahora con 10 bisnietos y uno más en camino. Cuando tenemos una reunión familiar, me sorprende la variedad de relaciones que tengo con los presentes. Soy hijo, sobrino, hermano, cuñado, tío, tío abuelo, primo, “tío Peter”.

Nuestras relaciones con los demás, en especial las relaciones familiares, nos forman de más maneras que tenemos idea. En el centro del tiempo de Navidad también celebramos a la Sagrada Familia, recordando que el Hijo de Dios nació no solo de carne y hueso, sino también en una familia humana. La vida familiar fue así redimida y hecha santa por el Hijo de Dios.

Está claro que al iniciar a reflexionar los primeros cristianos acerca de la vida de Jesús, reconocieron que todas las relaciones humanas — de forma más específica las relaciones familiares — han de ser únicas para las personas de fe. Como dice Sn. Pablo, están llamadas a ser “en Cristo”. Cada vida humana ha sido transformada por Cristo y nuestra relación con Él debería colorear cada relación humana que compartimos. De hecho, la mayor prueba química para cualquier relación es preguntarnos, “¿Podría yo decir que es esta una relación ‘en Cristo’?”

La familia de José, María y Jesús no carecía de preocupaciones. La esencia de sus vidas no es plasmada por una estatua más que la nuestra lo es por un retrato. Ellos formaron una familia que conocía a la vez el gozo de un recién nacido y la desorientación de las revueltas políticas y la huida, así como la tragedia personal. Como garantía, su familia era alimentada por la gracia extraordinaria que Dios daba a María y José en vista de su papel en la salvación; sin embargo, era una gracia que pedía una respuesta. Lo que les daba fortaleza era su confianza inquebrantable en que el amor de Dios obraba a través de todo, porque a pesar de la incertidumbre ellos se entregaban a Él por sobre todo.

Nuestras familias no son sagradas cuando las dificultades cesan, sino cuando aprendemos a voltear a Dios como nuestra única fuente de fortaleza.

Nuestras familias no son sagradas cuando nunca discutimos ni estamos en desacuerdo, sino cuando nos perdonamos en vez de tener los puños apretados.

Nuestras familias no son sagradas cuando dejamos de tener problemas, sino cuando con valor, pedimos a Dios que nos guíe, confiando en que será fiel a sus promesas.

Nuestras familias no son sagradas porque los padres e hijos jamás tengan diferencias, sino porque a pesar de esas diferencias nunca renuncian uno al otro.

Nuestras familias no son sagradas cuando los padres siempre toman las decisiones correctas, sino cuando descubren que la sabiduría proviene de la oración y que es probable que nunca sepan si son sabios o no.

Nuestras familias no son sagradas cuando vemos la alegría como un logro nuestro, sino cuando vemos la alegría como una de las bendiciones de Dios, por la que debemos dar gracias constantes.

Nuestras familias no son sagradas cuando aparentamos externamente ser tan pulcros como en un retrato, sino cuando nos damos cuenta de que Dios emplea todos los personajes y el drama por que atravesamos en nuestras vidas como medios para nuestra santificación.

Nuestras familias no son sagradas cuando hemos alcanzado nuestras metas y nos retiramos, sino cuando nos hemos abandonado sin condiciones al crecimiento en Cristo de por vida.

Nuestras familias son sagradas cuando esposos, esposas, madres, padres e hijos se donan a sí mismos como individuos y juntos como familia entera a Jesús como discípulos suyos.

Que el Señor Jesús sea el prisma a través del cual atraviese cada relación en nuestras vidas, en especial nuestras relaciones familiares. Sagradas familias, la tuya y la mía.

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Noroeste Católico – Enero/Febrero 2019

Arzobispo J. Peter Sartain

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