Cuaresma, tiempo de conversión personal

A lo largo de los años, he notado que la multitud de la misa de Miércoles de Ceniza es casi tan grande como la de Navidad y la de Pascua. Hay algo atractivo en ser llamados a renovar nuestra relación con Dios, en la naturaleza penitencial de ese día y de esta temporada, que se trata fundamentalmente sobre la conversión.

Tradicionalmente, los tres pilares de la Cuaresma son la oración, el ayuno y el dar limosna. Estas son maneras de renovar nuestro amor por Dios y por el prójimo.

La oración es el tiempo que pasamos con Dios. Dar limosna es una expresión concreta de compasión por otra persona. El ayuno es la combinación de ambas. Hacemos ayuno para crear más espacio interior para Dios a través de una participación simbólica en amor redentor y sacrificial de Jesús, quien nos permite compartir el sufrimiento con los demás.

Cuando prestamos renovada atención a estas prácticas, estamos ejercitando nuestro amor por Dios y por el prójimo. Esta es la conversión a la que estamos llamados cada día, porque la vida cristiana consiste en ser un espejo de la vida de Jesús.

Debemos ser claros en que nuestro llamado a la conversión personal no es un ejercicio de “superación personal”, sino más bien una renovación de nuestra relación con Jesucristo.

La Cuaresma nos enfoca en Jesús, particularmente en todo lo que hizo por la sanación y la salvación. Durante estas seis semanas, estamos invitados a prestar especial atención al amor de Jesús, que lo llevó a hacer tanto por el bien de otros. Su amor por nosotros estaba profundamente enraizado en su amor y obediencia por el Padre. La implicación para nosotros: mayor atención a nuestro amor y obediencia hacia el Padre.

El amor de Jesús fue práctico y concreto: en la forma en que recibió a todo quien se acercaba a Él para ser sanado o perdonado, en sus enseñanzas, y especialmente en su pasión y muerte. La implicación para nosotros: mayor atención a las necesidades de los demás y una mayor voluntad de ofrecer ayuda física o emocional.

Cuando era joven y me quejaba de algo, mi mamá rápidamente me decía: “Ofrécelo”, ayudándome a recordar los sufrimientos de Jesús y a unir mis sufrimientos a los de él como forma de participación en la obra de salvación. Esta es la intención del ayuno y de dar limosna.

Un pecado en el que rara vez reflexionamos es el pecado de omisión. ¿Dónde y cuándo fallamos en amar? ¿Cuántas oportunidades nos perdemos por no escuchar esa vocecita interior que nos llama a amar, a actuar por el bien del otro? La oración y el ayuno nos hacen más sensibles a estos sentimientos del corazón.

En la vida cotidiana, hay muchos pequeños sacrificios que nos fastidian, que simplemente aguantamos. Esta Cuaresma, veamos estas cosas como nuestras cruces diarias — el trabajo tedioso o las desilusiones — y como oportunidades de apreciar más y participar en la cruz de Jesús por el bien de otros.

Por último, la conversión personal es el camino a una mayor participación en nuestra vida en Cristo. Que cada uno de nosotros experimente esa gracia esta Cuaresma, para que estemos preparados para celebrar con renovado fervor la resurrección de Jesucristo esta Pascua. 

Read the English version of this column.

Noroeste Católico – Marzo 2020

Archbishop Paul D. Etienne

Archbishop Paul D. Etienne was named Archbishop of Seattle on September 3, 2019 by Pope Francis. Read his blog at https://www.archbishopetienne.com/.
__________

El Arzobispo Paul D. Etienne fue nombrado Arzobispo de Seattle el 3 de septiembre de 2019 por el Papa Francisco. Lea su blog en: https://www.archbishopetienne.com/.