De regreso a clases

Foto: Arzobispo Sartain Foto: Arzobispo Sartain

Con la sabiduría de Dios, la creación está madura para la cosecha

Esta fotografía la tomó mi papá con su cámara Polaroid en mi primer día de clases. Cuando yo era niño, el año escolar comenzaba un día después del Día del Trabajo. Al reverso de la fotografía mi mamá escribió “Primer día en la escuela” y la fecha, 02-09-58 (el Día del Trabajo fue el 1 de septiembre ese año). Nuestra escuela parroquial no tenía kínder, así que primero de primaria fue el inicio de mi educación formal.

Teniendo cuatro hermanas mayores, a las que les gustaba jugar a la “escuelita” en casa (ellas eran las maestras y yo uno de los alumnos), creo haber tenido el equivalente del kínder en nuestro patio. Aun con todo este entrenamiento en casa, yo estaba aterrado esa primera mañana en la Escuela Sn. Pablo y por un momento corrí angustiado detrás de mi mamá hacia el auto. Poco después ya me sentía a gusto con esta rutina.

Por 21 años, cada septiembre fue un “regreso a clases”. De hecho, a través de los años, la escuela se convirtió en parte de la vida, de manera que cuando me ordenaron sacerdote ya me parecía extraño no regresar a la escuela.

En cierto sentido, “regresar a clases” implica crecimiento y progreso sin importar qué edad tengamos. “Pasar al siguiente año” significa que hemos logrado cierto nivel y estamos listos para el siguiente paso. Hay siempre algo más que aprender, siempre se puede crecer, siempre se puede progresar. Si bien esperaba con ansia las diferentes graduaciones que tuve con el correr de los años, y estuve feliz de terminar el seminario, sentí un vacío mi primer septiembre sin clases.

Un vistazo de la sabiduría de Dios

No necesité mucho tiempo para darme cuenta de cuánto necesitaba aún aprender y que apenas había rozado la portada en la escuela. La tarea de aprender me fue entregada y ahora tenía yo que ser responsable de mi propia educación, crecimiento y progreso. Sin duda buena parte del vacío era que extrañaba a mis amigos de escuela, pero aún más importante era el hecho de que, como todos, sin importar qué edad tenga, necesito aprender. Hay algo en el hecho de estar siempre expandiendo el conocimiento, que nos mantiene vivos y despiertos. El aprendizaje nos mantiene siempre listos y con una perspectiva nueva de la vida.

Para los creyentes, hay otra razón para seguir aprendiendo: buscar honestamente la verdad que nos acerca a Dios.

Un seminarista que es ingeniero civil me dijo un día que hay algo “bello” en las matemáticas. No siendo matemático, nunca he visto esa belleza. Pero pude entender perfectamente lo que estaba diciendo. Su educación e interés personal le han dado una visión interior del mundo de los números que tiene un atisbo de la sabiduría de Dios en ellos. Los filósofos, escritores, físicos, astrónomos, antropólogos y teólogos podrían decir lo mismo.

Pero también los agricultores, quienes conocen íntimamente el cambio de las estaciones y los aromas del suelo fértil, porque tienen los sentidos alertas y en sintonía con las sutilezas de la naturaleza. Igualmente los maestros, quienes afinan sus destrezas en el verano porque valoran la posibilidad de ver los ojos de sus estudiantes brillar cuando entienden un concepto nuevo. Y también muchos otros sin educación formal, que poseen esa sabiduría encarnada de las verdades más profundas porque tienen un gran corazón, trabajan duro y cuidan amorosamente a sus familias y amigos.

Una auténtica aventura por el saber

Para los creyentes, la creación está madura de la sabiduría de Dios y lista para la cosecha. No se necesitan diplomas o especializaciones para esta educación, solo el deseo de ver más claramente y crecer en el conocimiento y el amor de Dios. Para la gente de fe, la meta no es solamente ser “inteligentes” con mucha información, sino ser sabios. Y Jesús es la sabiduría de Dios. (Cf. 1 Corintios 1,24)

Sin duda, hay científicos y catedráticos que no creen en Dios, que hasta aseveran que su educación los llevó a perder la fe. Pero su conocimiento está empobrecido porque el conocimiento está incompleto sin la fe. De hecho, una auténtica búsqueda del conocimiento es una auténtica búsqueda de Dios. Como escribió el sacerdote benedictino Jacques Leclerq hace muchos años, el amor por aprender es en realidad el deseo de Dios. Desapercibido quizá para los que no creen en Dios, pero sorprendentemente gratificante para los que sí creen.

Así pues, llega otra vez el “regreso a clases”. Cuando veamos a nuestros hijos y nietos retomar esa rutina otoñal, no nos dispensemos de la escuela a nosotros mismos esta vez. Tomemos un buen libro. Leamos un poema. Escribamos un poema. Estudiemos un idioma. Abramos la Biblia. Contemplemos los cambios de las estaciones. Preguntemos a los niños qué están estudiando. Preguntémosle a un anciano acerca de su experiencia del pasado.

Sobre todo, al hacer cualquiera de estas cosas u otras que se les ocurran y gusten, ofrezcan conscientemente este esfuerzo al Señor en su oración. Pídanle su ayuda para ir más a fondo y desentrañar su sabiduría y belleza. Pídanle que derrame su luz en lo que aprenden. Pídanle que los haga sabios. Pídanle que los ayude a conocerlo mejor.

Él que creó todas las cosas y sabe todo y enseña todo, los acercará más a Él, y esto los hará estar hambrientos de más.

Read the English translation of this column: Let's all go back to school.

Noroeste Católico – septiembre 2015

Arzobispo J. Peter Sartain

Envíe sus intenciones de oración a la Lista de Oración del Arzobispo Sartain a la Arquidiócesis de Seattle, 710 Ninth Ave., Seattle, WA 98104.

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