Dios nos usa en formas que rebasan nuestro entendimiento

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Cada lunes por la noche, la Liturgia de las Horas (en inglés) concluye con una oración que nunca deja de llamar mi atención: “Señor, concede a nuestros cuerpos un sueño tranquilo y que el trabajo que hemos hecho este día dé fruto en la vida eterna”.

Siempre es bueno para mí recordar que, de algún modo, lo que hago cada día forma parte del plan de Dios y puede dar fruto para mí y para otros ahora y en la vida eterna. Ya que es fácil asumir que solo los proyectos que termine y las metas que alcance dan fruto, Dios me invita a ampliar mis horizontes. Él pregunta, “¿Crees que tu vida me importa, por lo cual te he incluido en mi plan? ¿Estás dispuesto a reconocer que todo lo que haces en el transcurso de un día participa en mi plan, incluyendo las actividades que parecen irrelevantes, aun aquellas que parecieran haber fallado o que te han dejado perplejo y temeroso?”

En su amor y providencia, Dios nos usa en formas que rebasan nuestro entendimiento y lo que hacemos a cada momento le resulta importante y sirve a su propósito. Dios no depende de nuestro éxito ni de nuestra comprensión de la forma exacta en que le servimos como sus instrumentos. De hecho, Él no define el “éxito” como nosotros. Él puede sacar fruto de una rutina diaria monótona, del paso más pequeño que demos y hasta de nuestras fallas. Él simplemente nos pide que cooperemos con Él haciendo nuestro mejor esfuerzo por siempre seguir sus caminos.

¿Se vale Dios solo de personas influyentes para realizar su plan? Si no contamos con un puesto de importancia ni tenemos algún rango de poder ¿le servimos de algo? ¿Existirán algunos aspectos de nuestras vidas que le sean relevantes y otros que poco le importen?

Jesús responde a tales preguntas con bastante claridad: “¿No se venden cinco pajarillos por dos monedas? Pues bien, de ninguno de ellos se olvida Dios. Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis; valéis más que muchos pajarillos.” (Lucas 12,6-7)

No solo cada uno de nosotros tiene un valor incalculable para Dios, Él tiene un plan para nosotros muy importante para Él, para nosotros y para los demás; y cada instante de nuestras vidas participa en dicho plan.

El beato John Henry Card. Newman, converso del anglicanismo en el siglo 19 y por ser canonizado este año, escribió:

Ocupo un sitio en los consejos de Dios, que nadie más tiene; ya sea yo rico o pobre, despreciado por los hombres o estimado por ellos, Dios me conoce y me llama por mi nombre.

Dios me ha creado para darle un servicio definitivo. Me ha encomendado parte del trabajo a mí, el cual no ha encomendado a otro. Yo tengo mi misión. Puede que nunca la conozca en esta vida, pero me será revelada en la siguiente. Soy un eslabón en una cadena, un vínculo de conexión entre las personas. No me ha creado para nada; debo realizar su obra. Debo ser un ángel de paz, un predicador de la verdad en mi propio sitio, sin pretenderlo, pero guardando sus mandamientos y sirviéndolo en mi llamado.

Por tanto, en Él confío. Lo que sea y donde me encuentre, nunca puedo ser desechado. Si estoy enfermo, mi enfermedad puede servirle; en la perplejidad, mi perplejidad puede servirle. Si me siento triste, mi tristeza puede servirle. Él no hace nada en vano. … Él puede llevarse a mis amigos. Puede arrojarme entre extraños. Puede hacer que me sienta desolado, que mi espíritu se hunda, esconder el futuro de mí. Aun así, Él sabe de qué se trata.

Aunque no comprendamos con claridad el plan que Dios tiene para nosotros y hasta si los momentos de nuestro día parecieran no tener propósito o razón, podemos entregárnosle a Él. Podemos buscar a cada momento actuar como Él nos haría actuar, despojarnos de nuestra necesidad de controlar cada minuto y ponerlo todo en sus manos. Al prepararnos para dormir, podemos descansar confiados de que Él ha empleado amorosamente nuestro día para bien.

Edith Stein (Sta. Teresa Benedicta de la Cruz), conversa del judaísmo que murió en Auschwitz, ofrece más reflexión para la noche:

Al caer la noche y mirar atrás y ver lo fragmentado que ha sido tu día y cómo mucho de lo que planeaste no se llevó a cabo y todos los motivos que tienes para sentirte avergonzado: solo toma todo tal como es, ponlo en las manos de Dios y déjalo con Él. Entonces podrás descansar en Él — descansar en verdad — e iniciar el día siguiente como si fuera una vida nueva.

Más aún, como escribió Sn. Pablo a los gálatas, “No nos cansemos de obrar el bien, que a su debido tiempo podremos cosechar, si no desfallecemos”. (6,9)

Saber que cada uno de nuestros días está en manos de Dios, que cada uno forma parte de su plan, nos da fortaleza y esperanza. Rezo para tener la sabiduría de ver las cosas como Él las ve y la generosidad de trabajar con Él a pesar de no siempre ser consciente de qué forma lo hago. Rezo porque de alguna forma lo que hago cada día dé fruto ahora y en la vida eterna.

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Noroeste Católico – Mayo 2019

Arzobispo J. Peter Sartain

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