Generación 2015: ¿Qué clase de coequiperos serán ustedes?

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No se crean el centro del universo, y aprendan a sacrificarse

Querida generación 2015,
Quizá algunos hayan leído "Los muchachos en la canoa," escrito por Daniel James Brown. Ahí se cuenta la historia real de los nueve americanos que formaron el equipo de canotaje que ganó el oro en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. Es un gran libro que narra una fascinante, inspiradora y conmovedora historia. En el centro de la misma está Joe Rantz, un muchacho de Sequim, que superó una adversidad tras otra hasta lograr inscribirse en la Universidad de Washington y ser parte del poderoso, unido y bien sincronizado equipo que supo remar su camino hasta las Olimpíadas.

Como la vida le dió muchas desilusiones, Joe aprendió a forjar su propio camino por el mundo, confiando solo en él y en unos cuantos más. Era un atleta muy dotado y como tenía que abrirse camino estaba siempre en buena condición física. Podía empujar el remo tan ágil y potentemente como el mejor, con descomunal fuerza y determinación. Le faltaba sin embargo un elemento esencial para triunfar en ese deporte, y al parecer, también en la vida.

George Pocock, constructor de canoas y diestro remero, se dió cuenta del talento en bruto y talón de Aquiles de Joe. Cierto día borrascoso cuando Joe y sus coequiperos estaban gastando el tiempo en el cobertizo en las faldas de la colina junto al Lago Washington en los terrenos de la universidad, Pocock abordó a Joe.

Le dijo que lo había estado observando y había notado que Joe remaba como si no hubiera mañana, como si estuviera buscando cruzar la línea de meta por sí solo. Le dijo que si seguía trabajando como llanero solitario, si seguía remando como solista y no como parte de una orquesta, arruinaría la sinfonía que como equipo debían tocar. Joe tendría que aprender a sincronizar con el resto del equipo, y que eso implicaría abrir su corazón con ellos, aún con el riesgo de ser herido en sus sentimientos. “Joe, si no te cae un compañero de canoa, tendrás que aprender a aceptarlo. Tiene que importarte que el también gane la carrera, no sólo que tú la ganes”, le dijo Pocock.

“Joe, cuando empieces a confiar en los otros compañeros, sentirás trabajar una fuerza mucho mayor de lo que hubieras podido imaginar. Sentirás como si te salieras del mundo y estuvieras remando entre las estrellas.”

Busca primero la bondad en los otros

Me parece que la sabiduría de Pocock y la determinación de Joe Rantz tienen algo importante que decirnos a todos, y especialmente a los que se gradúan este verano de una etapa de vida para entrar a otra.

Hay que aprender primero a no transformarnos en el centro del universo. Tenemos que aprender el significado del sacrificio, es decir, entregarnos en favor de otros y de un ideal. Tenemos que aprender a formar auténticas amistades en el dar y el recibir. Tenemos que ganarnos la confianza y confiar. Tenemos que parar de juzgar a otros y buscar lo bueno en ellos. Y tenemos que desear lo mejor para ellos.

Cada uno de nosotros tiene un camino de vida diferente y juzgar los derroteros de otros desde el exterior puede ser muy engañoso. El que parece tenerlo todo puede estar sufriendo en maneras que no hubiéramos imaginado; el que posee poco puede ser el que más contribuye; el que se mantiene tímidamente a la distancia puede ser el más fiel amigo que pudiéramos desear.

Vivimos en una sociedad que promueve el juzgar las apariencias. Pero nosotros que seguimos al Señor que ve los corazones y ama nuestras almas estamos llamados a vivir con diferentes estándares. Ese que me apresuro a juzgar es mi hermano, mi hermana.

Alentar es una herramienta poderosa de bien. Alentar a alguien que se encuentra abatido es un don enorme. Queriendo lo mejor para él o ella, ofrecemos una sonrisa, una palabra cariñosa, un poco de nuestro tiempo. Esos pequeños detalles de amor y aliento pueden dar a alguien la fuerza para seguir cuando el camino ha sido arduo. Son un signo de bienvenida, un modo de decir, “Eres parte muy valiosa de nuestro equipo.” Cuando, contra todos los pronósticos, Joe fué escogido por el entrenador herramienta para ser parte del equipo de canotaje, uno de los nuevos coequiperos le dijo afectuosamente, “Joe, ya veo que finalmente encontraste el bote adecuado.” Otro le dijo: “Yo te cubro las espaldas Joe.”

Miembros de la generación 2015, ustedes serán parte de muchos equipos en años venideros, los más importantes de esos equipos serán su familia y la Iglesia. Busquen primero el bien de los demás. Ayuden a otros a ganar. Vean el corazón, amen el alma. Sean amigos confiables. Ofrezcan aliento a los demás.

¿Sabían ustedes que la Iglesia es llamada con mucha frecuencia “la barca de Pedro” (canoa)? Participando en la Iglesia el resto de sus vidas, recibiendo lo mucho que ella tiene para dar y compartiéndolo con los demás, serán parte del “equipo” más grande de todos: el cuerpo de Cristo. De ese modo no sólo remarán hasta las estrellas, se elevarán con alas de águila, con la gracia y el amor de Dios. 

Su amigo en Cristo,

Arzobispo Sartain

Noroeste Católico – mayo 2015

Arzobispo J. Peter Sartain

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