Jesús nos muestra el camino

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En cierto momento de mi carrera en la escuela de gramática, estudié las Siete Maravillas del Mundo Antiguo: las Pirámides de Egipto, los Jardines Colgantes de Babilonia, el Templo de Diana en Éfeso, la Estatua de Júpiter en Atenas, el Mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría en Egipto.

Un puerto mercante, Alejandría era una de las tres ciudades principales del mundo romano (Roma y Antioquía eran las otras) y según algunas estimaciones tenía una población de casi 1 millón en su tiempo de esplendor. Se jactaba de tener una universidad prominente, un gran museo y una biblioteca de más de 400,000 volúmenes. Entre sus habitantes había científicos, teólogos, poetas, filósofos, artistas y eruditos de todos tipos.

Alejandría estaba situada en una tira delgada de tierra entre el Mar Mediterráneo y el Lago Mariout, cerca de la boca del Río Nilo. El puerto de Alejandría había sido construido principalmente por el hombre y una de sus cualidades extraordinarias era un túnel que conectaba la ciudad con la isla de Faros, donde se encontraba el gran faro. Ese faro medía 136 m de alto e iluminaba el camino de los marinos para que navegaran a puerto seguro.

En medio de la mezcla cultural y académica de Alejandría, vivía una de las poblaciones judías más grandes del mundo antiguo. La comunidad judía sentía a la vez la influencia y el conflicto de vivir codo a codo con los mundos egipcio y griego, y algunos de los estudiosos judíos buscaban identificar su propia sabiduría y ley con la filosofía griega. Fue en Alejandría que las Escrituras Hebreas fueron traducidas al griego y donde se escribió el Libro de la Sabiduría el siglo I a.C.

Desde que descubrí que el Libro de la Sabiduría se escribió en Alejandría, me he preguntado si su autor se inspiró de algún modo en el faro. Era un triunfo de la destreza humana y su prestigio, en una ciudad orgullosa de su ciencia y su comercio. Su importancia para la industria mercante de Alejandría debió ser fuente de orgullo para todos.

El Nuevo comentario bíblico de Sn. Jerónimo describe la sociedad de Alejandría del siglo primero a.C. en palabras que bien podrían ser escritas sobre el siglo XXI en Estados Unidos: “Una variedad de religiones y sistemas filosóficos ofrecían sabiduría o salvación o una visión del sentido real de la vida. Existían la nueva mentalidad cosmopolita e individualista, el escepticismo y la insatisfacción como ideas tradicionales. Era un tiempo de crisis para la fe, en que algunos judíos la habían abandonado, remplazándola con religiones paganas, filosofías seculares y sus propias versiones superficiales de ellas”.

El autor de la Sabiduría creía que algunos miembros de la comunidad judía en Alejandría estaban al borde de abandonar su fe en favor de las tendencias de vanguardia. Escribió el Libro de la Sabiduría para motivarlos a redescubrir sus raíces y para recordarles que la verdadera sabiduría no proviene de una filosofía sino de Dios: el mismo Dios que los había elegido haciéndolos su pueblo y los protegía una y otra vez. Iniciando en el capítulo 11, lleva a sus lectores judíos a través de un recorrido de su propia historia, demostrando cómo Dios siempre había sido fiel a sus promesas.

En Sabiduría 18,6–7 leemos, “Aquella noche fue previamente anunciada a nuestros antepasados, para que se animasen, sabiendo bien en qué juramentos habían creído. Tu pueblo esperaba la salvación de los justos y la destrucción de los enemigos.”

“Aquella noche” fue la del Éxodo, cuando los israelitas comieron la cena de Pascua y huyeron de la vida de esclavitud que habían conocido en Egipto. En el Mar Rojo, vieron las carrozas del Faraón en el horizonte y aguardaron confiados a que Dios los rescatara, porque había forzado a Faraón a liberarlos provocando 10 señales y maravillas. En cierto modo, el autor de la Sabiduría decía, “¿Recuerdan cómo sus antepasados tuvieron valor y resistieron en la fe porque sabían que Dios era fiel a sus promesas? Ese mismo Dios es nuestro Dios. ¡Debemos también recordar su fidelidad!”

Me pregunto si miró el faro de 44 pisos en el puerto de Alejandría y pensó, “la fe es como un faro”. Comparó la fidelidad de Dios con una lámpara brillante y dijo, “Sigan esta senda. Es el camino a la verdad y la salvación”.

El Libro de la Sabiduría termina con etas palabras, “En todo, Señor, engrandeciste y glorificaste a tu pueblo, y no dejaste de asistirlo nunca y en ningún lugar.” (19,22)

En nuestros días existen abundantes filosofías, ideas, distracciones y “espiritualidades” superficiales que compiten por nuestra atención y aceptación. Sustitutos de poca duración de lo verdadero y que pronto desilusionan. Ninguna de ellas tiene el poder de salvarnos o de satisfacer nuestro anhelo más profundo. Es solo Dios quien permanece a nuestro lado en cada circunstancia y nos guía a donde añoramos llegar.

Así, el autor reza por la sabiduría de Dios: “Ella es más bella que el sol y supera a todas las constelaciones.” (7,29) “Envíala desde el santo cielo, mándala desde tu trono glorioso, para que me acompañe en mis tareas y pueda yo conocer lo que te agrada. Ella, que todo lo sabe y comprende, me guiará prudentemente en mis empresas y me protegerá con su gloria.” (9,10-11)

Existen cerca de 30 faros en el estado de Washington, más de la mitad aún activos. Hermosos de contemplar, pueden también iluminar nuestros corazones hacia cosas más elevadas. El Señor Jesús no es un concepto ni enseñó una filosofía. Él es Alguien, el Hijo de Dios, que nos llama, nos enseña y nos forma. Quien (mejor que cualquier faro) nos muestra la senda porque Él es el Camino. Él mismo es la sabiduría de Dios y por encima y a través de todo, Él es Amor. Que siempre miremos hacia su luz y que nunca nos soltemos de su mano.

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Noroeste Católico – Octubre 2018

Arzobispo J. Peter Sartain

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