Las bienaventuranzas: el corazón de la enseñanza de Jesús

Estas bendiciones violentan al extremo nuestro corazón y nuestra conducta

"Todos queremos ser felices; en toda la humanidad no hay nadie que no esté de acuerdo en esto, incluso cuando no sepan expresarlo”.

Archbishop J. Peter SartainEs fácil estar de acuerdo con San Agustín en esto, pues no hay nada más humanamente instintivo que el anhelo de felicidad. Reconocer ese anhelo es reconocer algo todavía más fundamental: Es Dios mismo quien ha puesto ese anhelo de felicidad en nuestros corazones, para atraernos hacia Él — pues sólo Él puede llenar nuestros anhelos.

Las bienaventuranzas, el corazón de la predicación de Jesús, responde a este natural-sobrenatural anhelo de felicidad. “Bienaventuranza” significa felicidad o beatitud, e implica vivir en un modo tal que le permitimos a la gracia de Dios llenarnos de tal manera que descubrimos la felicidad celestial. A veces hablamos de “la visión beatífica” es decir, ver a Dios cara a cara y descansar pacíficamente en Él. Jesús enseña que tal visión será entonces plena, pero que empieza desde ahora para sus seguidores.

Toma sentido el Reino
Las bienaventuranzas completan las promesas de Dios hechas a sus escogidos desde Abraham, llevándolos ya no ha poseer una tierra, sino hacia “el reino de los cielos”. Ellos nos hacen escudriñar la misión y orientación de Jesús hacia el Padre y nos permiten echar un vistazo al cómo y por qué buscamos a Dios en todas las circunstancias de la vida.

A primera vista las bienaventuranzas parecen paradójicas. Después de todo, ¿por qué habríamos de pensar que los sufridos y perseguidos son “bienaventurados”? El lente a través del cual esa paradoja se resuelve, es la muerte y la resurrección de Jesús, pues es gracias a su indefectible anhelo y amor por su Padre que podemos descubrir el camino de total dependencia en Dios. Lo que parecería una paradoja, no es tal, porque las bienaventuranzas nos muestran el sendero en las tribulaciones de la vida.

Predicando sobre las bienaventuranzas, San León Magno decía que “la ignorancia humana es lenta para creer en lo que no ve, e igualmente lenta para esperar lo que no conoce”. Por eso Jesús hizo milagros que nos despertaran a la realidad de su reino y no dispusieran a verdades más profundas. Las bienaventuranzas son su invitación a que veamos, conozcamos, aceptemos y vivamos las promesas de Dios en esperanza. Nos ensanchan el anhelo natural de felicidad y nos ayudan a perseverar. Nos clarifican la visión hacia donde nos dirigimos y nos mantienen en el camino.

Nos tensa esa felicidad
Estamos familiarizados con las bienaventuranzas de San Mateo capítulo 5, como parte del Sermón de la Montaña, pero también aparecen en forma parecida en San Lucas 6. San Mateo presenta a Jesús como el dador de la nueva ley. Así como Moisés recibió los Diez

Mandamientos de Dios en el Monte Sinaí, ahora Jesús — el Hijo de Dios — nos da la nueva ley en una montaña.

San León decía, “Desde la cima de este lugar místico, los instruyó sobre las más altas doctrinas, insinuando tanto por el lugar como por lo que estaba haciendo, que era Él mismo quien había honrado a Moisés al hablar con él en el pasado … y así quien había hablado a Moisés hablaba también a los apóstoles … pero esta vez no lo hizo en medio de nubes y truenos y relámpagos que asustaban y mantenían al pueblo alejado de la montaña. Esta vez en cambio fue un discurso tranquilo … para que la dureza de la ley se suavizara con la gentileza de la gracia”.

Los maestros cristianos han siempre visto una íntima conexión entre las bienaventuranzas y la Ley de Moisés. En el Sermón de la Montaña Jesús dijo: “No piensen que he venido a abolir la ley o los profetas. No vine a abolirlos sino a darles pleno cumplimiento”. (Mateo 5:17) No existe una rotura entre la Ley de Moisés y las enseñanzas de Jesús; sino por el contrario la ley encuentra su plena expresión en la enseñanza de Jesús. En la Transfiguración, que también sucede en una montaña, Moisés y Elías aparecen con Jesús para mostrar que El es el cumplimiento de la leyes y los profetas. (Mateo 17)

Las bienaventuranzas no son solo actitudes que identifican a los seguidores de Jesús o sugerencias de algo mejor que está por venir. Son parte del “mandamiento nuevo” del amor que ensancha nuestros corazones y conducta hasta su máximo potencial. Nos dan esperanza al retarnos a ser quienes Dios quiere que seamos.

Santa Teresa de Avila escribió, “Espera, Oh alma mía espera. No sabes ni el día ni la hora. Vela atentamente, porque todo pasa aprisa, aunque tu impaciencia hace dudoso lo que es por cierto, y transforma un poco de tiempo en algo muy largo. Sueña que entre más batalles, más pruebas el amor que tienes por Dios, y más te alegrarás un día con tu amado, en una felicidad y arrebato que no termine jamás”. 

Envíe sus intenciones de oración a la Lista de Oración del Arzobispo Sartain a la Arquidiócesis de Seattle, 710 Ninth Ave., Seattle, WA 98104.

septiembre 2013

Arzobispo J. Peter Sartain

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