Las contrariedades de la primera Navidad

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Es difícil imaginar que hubo una vez en que un hombre, solo por decreto, pudo ordenar un censo del mundo entero.

Es difícil imaginar que hubo un tiempo en que, atendiendo tal decreto, cada hombre, mujer y niño tomarían sus pertenencias y viajarían al pueblo de sus ancestros para empadronarse. Sin duda hubo quejas y resistencia y no pocos se ocultaron de la obligación del censo, pero la mayoría del mundo obedeció.

¿Puedes imaginar cómo pudo haber sido? Las familias tuvieron que dejar los lugares que consideraban su hogar e ir a los pueblos de sus antepasados para tomar parte en el censo. No era solo cuestión de empacar para un simple viaje: había que dejar provisiones para sus animales mientras se encontraran fuera; para sus hogares y sus negocios; para sus familiares enfermos. Empacar alimento y vestido debió ser una tarea mayor y tenía que llevarse a cabo por hombres, mujeres y animales en el más desgastante de los viajes.

Algunos tuvieron que tomar caminos polvosos en el desierto y sin duda otros tuvieron que embarcarse a través del mar para llegar al lugar de origen de su familia.

¿Te puedes imaginar? Reunir a tu familia, dejar tu casa y marcharte al lugar de nacimiento de tus antepasados ¿solo para un censo?

¿Y puedes imaginarte hacer tal viaje estando encinta o si tu mujer estuviera encinta? ¿Qué preocupaciones inundarían tu mente? ¿Qué incomodidades físicas tendrías? ¿Qué resentimientos? ¿Quién se cree César Augusto que es, emitiendo tan ridículo decreto?

Y lo más difícil de imaginar de todo, ¿puedes imaginarte a María y a José en este viaje para el censo, ella habiendo escuchado de un ángel y él habiendo escuchado en sueños que ella daría a luz al Salvador del mundo? Sin embargo, se fueron de Nazaret a Belén, el Salvador del mundo obedeciendo el decreto de un emperador terrenal.

Haciendo el recuento de esta historia, Sn. Lucas enseña algo crítico sobre Jesús: que desde su concepción, se sujetó a sí mismo a la ley humana y mosaica y tomó parte de cada experiencia humana, excepto el pecado. A pesar de que era el Hijo de Dios, no se exentó a sí mismo de tales leyes ni de las incomodidades de viajar para un censo, o de sufrimientos todavía más grandes a causa de tales leyes, o de las incomodidades de viajar para un censo, o incluso de sufrimientos más grandes que habrían de cruzarse en su camino. No solo Él iba a cumplir la Ley, la iba a cumplir con perfección para que pudiera ser rebasada por una nueva.

Lucas da otro indicio de la misión de Jesús al recordar lo que el ángel dijo a los pastores:

No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre. (Lucas 2,10-12)

El Salvador era “para ustedes” y “para todo el pueblo”. Todo acerca de Él iba a ser un don de amor, un sacrificio “por ustedes”, es decir, “por nosotros”.

Quizás este punto sea más claro si pensamos en las palabras que Jesús pronunció en la Última Cena, las mismas palabras que repetimos cada Misa:

“Este es mi cuerpo, que será entregado por ustedes”.

“Este es el cáliz de mi sangre… Será derramada por ustedes”.

Este adviento y Navidad imaginemos a María y José enfrentando los desafíos del viaje del censo por nosotros. ¿Cuántas veces has hecho un viaje tal — saliendo de tu forma de ser, tus privaciones y tus preocupaciones — por el amor a tu familia y a tus amigos? Ciertamente que has hecho algo así. María meditaba y José se preguntaba con confianza mientras realizaban el difícil viaje … humildes, como su Hijo, siguiendo la Ley con sus contrariedades y su indignidad.

Claro está que esto fue solo el comienzo. Los años pasarían y Jesús revelaría en qué consistía su nueva ley, qué tan lejos llegaría “por nosotros”.

Tal vez al acercarse la Navidad sea de ayuda detenernos y reflexionar sobre la forma en que ellos realizaron el arduo viaje con dudas y preocupaciones, sobre cómo nadie tenía un cuarto para ellos, sobre cómo Jesús nació en un pesebre entre animales de granja y cómo María y José finalmente se desviaron para tomar un sueño irregular en lechos de paja. Y es de ayuda detenernos y reflexionar acerca de que aguantaron todo esto por nosotros.

El poderoso César Augusto, quien aseguraba que era un ser divino, gobernaba por decreto. Jesús, el Hijo de Dios, nos mostró desde el principio un reino diferente, otra forma de gobernar: por el amor y solo el amor.

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Noroeste Católico – diciembre 2017

Arzobispo J. Peter Sartain

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