Mi plegaria de despedida: Que, en medio de las distracciones, nos concentremos en Jesús

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Queridos amigos en Cristo:

Esta será mi última columna en Noroeste Católico. Durante casi nueve años, ha sido un privilegio para mí escribir una columna mensual como un medio personal para llegar a sus hogares y compartir pensamientos sobre la fe católica, la Iglesia y los problemas contemporáneos. Hacerlo, ha sido un privilegio, y espero que mis palabras hayan resonado en ustedes de cuando en cuando.

A estas alturas, ya han escuchado que he de retirarme pronto debido a mi salud. Estoy profundamente agradecido con el Papa Francisco — y emocionado por todos ustedes — por haber nombrado a Mons. Paul D. Etienne arzobispo coadjutor y así, sucesor mío. Estoy seguro de que llegarán a quererlo de la forma que él los quiere ya a ustedes. Será un magnífico pastor.

Las despedidas raramente son fáciles y esta no es la excepción. He acogido con aprecio la oportunidad de servirlos como su arzobispo desde diciembre de 2010. Ha sido un honor recorrer los cerca de 4,800 Km de nuestro territorio, para atestiguar la vibrante vida parroquial, para maravillarme con la inigualable belleza del Oeste de Washington y, sobre todo, para conocer a decenas de miles de ustedes.

A lo largo del camino, ustedes me han inspirado con su fe y su compromiso por vivir su fe en medio de una cultura ampliamente secular. Ustedes me han invitado a sus vidas al pedir sus oraciones por sus intenciones personales. Han ofrecido sus talentos y su tesoro para la edificación de la Iglesia. Han dedicado innumerables horas a servir a los demás: los no nacidos, los pobres, los inmigrantes, los que padecen una discapacidad mental, los oprimidos, así como a sus propias familias.

Me han desafiado a mí y a otros pastores de la Iglesia a trabajar incesantemente por la purificación de la Iglesia. Han apoyado a nuestros sacerdotes, diáconos y seminaristas cuando ellos también, han padecido el peso del día.

Se han tomado en serio su lugar en la Iglesia. Han buscado crecer en santidad y nos han pedido a mí y a mis hermanos sacerdotes que seamos santos. Han defendido de pie la vida humana en todas sus etapas en una cultura del descarte creciente que no respeta la vida humana como sagrada desde el momento de su concepción hasta su muerte natural.

Washington Occidental es cada vez más rico y con la riqueza, viene la pobreza y así, la responsabilidad. Estoy orgulloso de la historia de 170 años del cuidado de la Iglesia Católica al pobre y al indigente, al enfermo y al huérfano, una historia que continúa en nuestros días mediante la extraordinaria labor de los fieles católicos, las parroquias, la Sociedad de Sn. Vicente de Paúl, los Servicios Comunitarios Católicos y los Servicios Católicos de Vivienda.

A la vez, cada uno de nosotros tiene una responsabilidad como ciudadano de tomar con seriedad nuestra parte personal para asegurar que al tiempo que nuestro estado crece en riqueza, no se vuelva tan arrogante por esta riqueza que descuide las necesidades de los pequeños amados por Dios. Sean quienes fueren, son nuestros prójimos.

Nuestra riqueza no es solo financiera. Es tecnológica, empresarial, educativa, científica, agricultora, arquitectónica y cultural. Todo esto puede ser una bendición. Pero, así como hay riqueza de varios tipos, existe pobreza de varios tipos.

Sta. Teresa de Calcuta nos recordaba con frecuencia que, en las culturas occidentales, el tipo de pobreza más grave es la pobreza espiritual. Así, los católicos en el Oeste de Washington tenemos la responsabilidad de hacer nuestra parte para asegurar que al tiempo que nuestro estado aumenta en riqueza, no se olvide del alma. Ustedes y yo tenemos algo valioso — algo más allá de cualquier precio — que ofrecer y debemos hacerlo con valor y gozo.

Tenemos a Cristo, nuestro Señor.

O mejor dicho, Cristo, nuestro Señor, nos tiene a nosotros como sus discípulos y misioneros.

Si alguna vez nos encontramos lamentando el secularismo de nuestro mundo o su carácter frecuentemente impersonal, será tiempo de recordar que estamos aquí precisamente porque Cristo, nuestro Señor, nos ha enviado a este lugar. Nuestro Señor Jesús nos usará aquí. Nuestro Señor Jesús obrará aquí a través de nosotros.

¿Qué tenemos que ofrecer al Oeste de Washington? A Jesús, Señor nuestro, Hijo de Dios y Salvador del Mundo; su palabra redentora; su presencia viva en la Iglesia y sus sacramentos. Todo — todo — lo que hacemos fluye de Él y solo de Él.

En una arquidiócesis del tamaño de la nuestra — con tantas bendiciones y talentos en una congregación de casi 1 millón — es importante recordar que todo nos viene del Señor Jesús y todo debiera serle ofrecido por su medio al Padre. Irónicamente, como escribiera alguna vez Sn. Pablo VI, es fácil quedar atrapado en el trabajo del Señor ¡y olvidar al Señor de ese trabajo!

Mi plegaria de despedida es que en medio de las distracciones que la vida diaria presenta y la Iglesia misma, nos concentremos cada día, de forma más intencional, más amorosa y más orante, en Cristo, nuestro Señor. Después de todo, la Iglesia es su Cuerpo.

Los versos de un himno afroamericano me ayudan a conservar la última perspectiva:

Dame a Jesús; dame a Jesús;

puedes Tú tener el mundo entero,

pero dame a Jesús.

En mi retiro, tengo la intención de permanecer activo en el ministerio en tanto que mi salud lo permita y en cualquier forma que el Señor me requiera. ¡Tengo el presentimiento de que Él me mantendrá ocupado! Quiero que sepan que, en los años por venir, permanecerán ustedes cerca de mi corazón y siempre en mis oraciones.

“De Ti, mi corazón ha hablado”. (Salmo 27,8)

Sinceramente en Cristo,

Arzobispo Peter Sartain

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Noroeste Católico – Septiembre 2019

Arzobispo J. Peter Sartain

Envíe sus intenciones de oración a la Lista de Oración del Arzobispo Sartain a la Arquidiócesis de Seattle, 710 Ninth Ave., Seattle, WA 98104.

Website: www.seattlearchdiocese.org
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