Redescubriendo nuestra más grande identidad y misión en Cristo

Foto: Christ Pantocrator, St. Catherine’s Monastery/Wikipedia Foto: Christ Pantocrator, St. Catherine’s Monastery/Wikipedia

Algo que he venido escuchando con regularidad desde mi llegada a Seattle es un deseo de nuestra comunidad de ver una renovación en la vida de la Iglesia. En tanto que reconozco que enfrentamos desafíos, dentro y fuera de la Iglesia, lo que escucho principalmente es un deseo de que recuperemos nuestra identidad fundamental en Cristo, y vivamos la misión básica de la Iglesia, que consiste en proclamar a Cristo Jesús y su don de la salvación para el mundo.

Nuestros tres grandes dones

Para que la Iglesia tenga vida plena, cada uno de nosotros debe llegar a ser en plenitud quienes somos como hijos de Dios, redimidos por Cristo. En otras palabras, necesitamos redescubrir y vivir nuestra más grande identidad como cristianos católicos.

Pido a cada uno de nosotros darse tiempo para reflexio-nar en nuestros tres grandes dones de Dios: creación, vida y salvación. ¡Todo lo que tenemos es un don de Dios! Dense tiempo para reflexionar en la oración acerca de cada uno de esos dones y la forma en que los has recibido. Dense tiempo de dar gracias a Dios en oración por aquellas preciosas expresiones de su amor abundante, que es tan personal.

Luego, dense un poco más de tiempo para orar acerca del don de la salvación, que recibimos a través de la persona de Jesús y a través de la Iglesia que Él fundó.

Como sacramento de salvación, la Iglesia asume la persona de Jesús, enviada como una manifestación del misterio del amor y la misericordia del Padre para dar su vida por la salvación del mundo. Como enseña Sn. Pablo, la salvación es un don que no es merecido. “Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2,8-9)

Porque hemos recibido esta gracia de la salvación, porque hemos creído en Jesucristo, nuestra vida es una respuesta constante y agradecida a este don gratuito e inmerecido.

Todas las manos en la cubierta

¿Ya te han bautizado? Entonces Jesús Resucitado habita dentro de ti y tú vives en Él. En realidad, es esta nuestra más grande identidad, nuestra vida en Cristo Jesús. Una vez que experimentamos en verdad esta relación vivificante, nos transforma (conversión). Así, el resto de nuestra vida es una respuesta directa a este don inmerecido del amor misericordioso de Dios en la persona de Jesús. Vivimos, pues, no solo deseando entrar al cielo, sino activamente intentando alcanzar ese destino mediante una vida moral y virtuosa.

Esto, mis amigos, es lo que pido a cada uno de nosotros, que redescubramos nuestra más grande identidad en Cristo. Es esta la misión de la Iglesia, es esta la renovación que la Iglesia requiere de cada uno de nosotros, que vivamos como Cristo, que permitamos a Cristo vivir en y a través de nosotros.

La “barca de la Iglesia” necesita todas las manos en la cubierta, todos los remos en el agua, bogando en la misma dirección. Cristo se encuentra siempre al timón de la Iglesia. En Él encontramos nuestra unidad.

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Noroeste Católico – Noviembre 2019