Vivid en la luz de Cristo

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Yo apreciaba muy poco los solsticios de verano e invierno hasta que viví en Alaska. Como todos sabemos, la Tierra gira alrededor del sol cada 365 días. Debido a la inclinación de la Tierra sobre su propio eje, el hemisferio norte está más cerca del sol en verano y más lejos de él en invierno. El solsticio de invierno marca el día más corto del año y la noche más larga. Marca la transición a los días más largos y las noches más cortas.

El solsticio de invierno siempre sucede cerca de nuestra celebración de la Navidad, lo que nos ayuda a apreciar de más formas cómo la Encarnación — el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios — es “el sol que nace de lo alto” surgiendo sobre nosotros. (Lucas 1,78)

Al celebrar el nacimiento del Salvador este año, yo los invito a reflexionar sobre cómo necesitamos su luz en nuestro mundo y en nuestras vidas.

La batalla entre la luz y las tinieblas, el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, la santidad y el pecado se libra dentro de cada uno de nosotros, así como en el mundo entero. El nacimiento de Jesús es la respuesta de Dios a esta realidad. ¡La Encarnación es el acontecimiento más grande en la historia del mundo! Cuando nos sentimos tentados a poner más atención en las tinieblas que en la luz, debemos recordar las palabras de Sn. Juan: “Dios es luz, en Él no hay tiniebla alguna”. (1 Juan 1,5)

El Libro del Génesis nos cuenta la historia del origen de toda la creación, que brota de Dios, cuyo amor no puede ser contenido. El amor y la vida de Dios siempre se desbordan, dando expresión a la vida nueva. El Libro del Éxodo nos muestra cómo el deseo amoroso de Dios por nosotros se volvió en algo concreto con el establecimiento de una alianza. Los mandamientos expresan lo que se requiere de nosotros en nuestra relación con Dios.

En el transcurso de la historia de la salvación, la familia humana hemos demostrado nuestra fidelidad y nuestra infidelidad a la alianza y nuestra necesidad de un Salvador. La iniciativa amorosa de Dios por la familia humana culmina en la Encarnación. El “Sí” de María, el poder del Espíritu Santo en la Anunciación y el nacimiento de Jesús son testigos poderosos del amor infinito de Dios.

En su ministerio terrenal, Jesús manifestó en la carne el amor y la misericordia de Dios en medio del pecado y sufrimiento humanos. Su enseñanza resumió los diez mandamientos en un solo mandamiento doble del amor a Dios y al prójimo. Mediante su más grande demostración de amor, su muerte en la cruz, Jesús estableció la nueva y eterna alianza en que la luz conquista las tinieblas de una vez y para siempre.

Al sentirnos atraídos este mes al brillo de las luces de Navidad, que estas nos recuerden de nuestra primera y más profunda atracción, que es hacia Dios a través del bebé Jesús. Sn. Pablo nos alienta en su Carta a los Efesios, “Vivid como hijos de la luz, pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad”. (Efesios 5,8-9)

Que la luz de Cristo los atraiga una vez más durante este tiempo de Navidad y que su luz, resplandeciendo a través de ustedes, sea un testimonio atractivo de fe, conduciendo a otros a llegar a conocer y creer en Jesucristo.

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Noroeste Católico – Diciembre 2019