Obispo Eusebio Elizondo

Obispo Eusebio Elizondo

Eusebio Elizondo, M.Sp.S., es obispo auxiliar de Seattle y vicario para el ministerio hispano.

Website URL: http://www.seattlearchdiocese.org

El sacramento de la Virgen

María y la Eucaristía

Cada mañana, al alistarme para empezar un nuevo día, parte infaltable de mi indumentaria es mi reloj de pulsera. Además de serme muy útil indicándome la hora, es para mí un verdadero sacramento de mi padre, que en paz descanse. Al reverso le mandé grabar el nombre de mi papá, la fecha de su muerte y la frase: “Con eterna gratitud”. Seguramente todos tenemos sacramentos como ese en nuestras vidas.

Los Hechos de los Apóstoles expresamente mencionan: “Cada día unidos en un mismo espíritu, partían el pan en las casas y comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios” (2,46-47). Sin duda alguna una de las casas privilegiadas en donde se celebraba la “Fracción del Pan” era la casa de María, la madre de Jesús. Esa era la casa donde Jesús creció y aprendió a ser hombre. Que mejor sacramento-signo para todos de la perfecta humanidad de Jesús.

María era en sí misma un sacramento viviente para los nuevos discípulos. Ella que lo llevó en su vientre convirtiéndose en la casa del “Dios con nosotros”. No había mejor lugar para perpetuar ese sagrado memorial legado por Jesús. Me imagino a María recibiendo de manos de Pedro o de Juan el Pan de la comunión de los creyentes en su propia casa y orando en su interior con una fe tan profunda como nadie más puede, “Este es mi Dios y es mi hijo”.

María, sacramento humano de fe en el poder infinito de Dios, nos entrega al Sacramento por excelencia. Nos entrega al Verbo eterno de Dios, tomando de su vientre, su carne y sangre terrenales para transformarlas en carne y sangre divinas y alimentar al mundo con el Pan del cielo por los siglos venideros.

Cómo habrá gozado y sufrido María cada vez que participó en la Eucaristía. Cómo habrá crecido en su entendimiento de ese gran misterio. Cómo habrá crecido su gratitud de ser el instrumento escogido para ofrecer el Pan de Vida al mundo. Cómo habrá sufrido cada día la separación física de su hijo. Cómo habrá anhelado reunirse con su amado hijo y Señor.

El Venerable Padre Félix Rougier, fundador de los Misioneros del Espíritu Santo, en su libro intitulado María, dice que: “Cuando Jesús quiso que su santa madre trabajara largos años después de su Ascensión, en la formación de su Iglesia, previó la soledad de su madre y cuán cruel sería la separación que le iba a pedir, y para no dejarla sola, Jesús instituyó la Eucaristía. Ese era el único consuelo capaz de calmar los dolores de su soledad”.

Después de recibir a su Hijo y su Dios en la Fracción del Pan, seguramente el alma de María explotaba en alegría con la alabanza del Magníficat que gracias a Sn. Lucas conocemos en tan excelsa oración Mariana: “Proclama mi alma la grandeza del Señor” (Lucas 1,46). En este Año de la Eucaristía, hagamos nosotros lo mismo.

 

Noroeste Católico – Julio/Agosto 2020