Derechos y deberes cristianos

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Aspiren a los bienes de arriba (Colosenses 3,1)

"Lo que es el alma en el cuerpo, así son los cristianos en el mundo.”

… El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y en el beber; también los cristianos constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar”. (siglo II, Carta a Diogneto, Cap. 5 y 6)

A nosotros, los cristianos, no nos es lícito privar al mundo de nuestro derecho a perdonar en nombre de Jesús a cualquiera que nos considere su enemigo. (cf. Lucas 6,27) Tenemos el derecho de ofrecer nuestros cuerpos como armas de justicia al servicio de Dios hasta el punto del martirio. (cf. Romanos 6,13) Los cristianos tenemos el derecho a ser perseguidos para que triunfe la justicia del amor a todo ser humano, desde el vientre materno hasta la muerte natural.

Los cristianos tenemos además el deber de ofrecer a los ciudadanos de cualquier patria razones que desafíen la simplicidad de la lógica puramente cerebral: “el que quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos”. (cf. Marcos 9,35) Como Discípulos de Jesucristo tenemos el deber de ofrecer libertad ante un mundo que parece correr desenfrenadamente hacia un armamentismo que se agiganta cada día buscando seguridad y vive en constante temor.

Los cristianos no podemos desertar del deber de mortificar nuestros cuerpos y mentes para fomentar la pureza que derrote los impulsos puramente animalescos. Impulsos contaminados de lujuria, de venganza, de autosuficiencia, o de egolatría destructora de nuestro templo corporal, creado por Dios.

Nuestro mundo tiene una profunda necesidad de que nosotros los cristianos cumplamos con nuestro deber en esta tierra. Para que la humanidad pueda descubrir la existencia de una patria que está más arriba, que está más allá de los pocos años que peregrinamos en este suelo.

Si nuestras sociedades consideran que un cuerpo está muerto cuando ya no tiene aliento, cuando ya no tiene en sí mismo ese soplo que llena sus pulmones y cerebro para moverse, podríamos decir como Diogneto en su carta, que el mundo se moriría sin el aliento, sin el alma que somos los cristianos.

A lo largo de los veinte siglos de cristianismo, Dios ha hecho surgir hombres y mujeres inflamados con el aliento divino que han traído vida al mundo. Hombres y mujeres santos que como San Pablo han sentido en el fondo de su ser, esa energía capaz de superar cualquier obstáculo, incluso la tumba; esa energía que nos hace proclamar como Él: “el amor de Cristo nos apremia.” (2 Corintios 5,14)

No somos los cristianos los que damos vida al mundo, es Cristo en cada uno de nosotros quien ofrece ese aliento de vida que no se acaba. Es Cristo que sigue vivo, es Cristo que ha vencido la muerte, es Cristo nuestra esperanza.

Al abrazar a nuestros seres queridos en casa, al contemplar a tantos hombres y mujeres por el mundo que siguen reclamando gozosamente su derecho de servir con lo mejor de su existencia a otro ser humano empujados por saberse cristianos, alabemos a Dios por ellos y pidámosle que nos dé siempre ese aliento para ejercer nuestros deberes y derechos como cristianos.

María reclamó su derecho de ser instrumento de Dios y ser llamada bienaventurada por todas las generaciones. Ella intercede por nosotros para que nos dejemos llenar del aliento amoroso del Creador y proclamemos las maravillas que Dios sigue haciendo en cada uno de nosotros hoy, y seguir aspirando a más.

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Noroeste Católico – Noviembre 2019

Bishop Eusebio Elizondo

Eusebio Elizondo, M.Sp.S., is auxiliary bishop of Seattle and vicar for Hispanic ministry.

Website: www.seattlearchdiocese.org/Archdiocese/auxiliaries.aspx