Esclavitud voluntaria

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María y su gozosa sumisión

"Proclama mi alma las grandezas del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones”. (Lucas 1,46-48)

Después de cuatro años de sangrientas luchas y más de medio millón de muertes, en diciembre de 1865, Estados Unidos promulgó oficialmente la abolición de la esclavitud.

A lo largo y ancho de la historia, el ser humano siempre ha luchado por su libertad, la libertad individual es protegida como un tesoro inconmensurable. ¿Qué hace que una mujer como María se considere bienaventurada como esclava? María ha experimentado y entendido el amor de su Señor. En su corta existencia ha descubierto que Dios perfecciona la voluntad inteligente de sus siervos, haciéndolos descubrir en donde está la felicidad permanente y poder así abrazarla con todas sus fuerzas.

La docilidad de María no es momentánea, es una disposición por el resto de su existencia. Ignorante de las sorpresas divinas en su futuro, pero siempre confiada en el amor de Aquel a quien ha entregado su corazón: El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. El Dios siempre fiel al pueblo que Él ha elegido y del cual ella forma feliz parte.

Sorpresa tras sorpresa, María rindió su voluntad y su inteligencia humana al amor y la sabiduría del creador de todo y de todos. Se rindió ante el misterio de convertirse en madre virgen del Hijo de Dios. Se sometió a renunciar al amor carnal de José, para convertirse en la esposa del Espíritu de Dios. Doblegó su inteligencia y corazón cada día durante 30 años, para ver crecer paciente y lentamente al Emmanuel, el Dios con nosotros, nacido de sus tiernas entrañas femeninas. Esclavizó su propia fe judía a la sabia inteligencia de Aquel que ha confeccionado el cerebro humano prodigiosamente, pero que siempre puede y quiere perfeccionar hasta lo que parece imposible. Arrodilló su voluntad ante la voluntad del todopoderoso que se atreve a entregar a la muerte en una cruz a su propio Hijo inmaculado, para rescatar a todo el que crea en el poder del amor infinito que todo lo perdona. María supo encadenar su ansiosa voluntad humana a la de ese mismo Señor que ahora se arriesgaba al escoger a esos doce frágiles aprendices del nuevo amor universal, como lo hizo años antes al escogerla a ella.

En cada momento en que María supo hacerse esclava de la voluntad del amor del Dios salvador, pudo experimentar la alegría ilimitada de su espíritu contemplando las grandezas realizadas por su creador. Ese creador, Dios todopoderoso que solo acepta de parte nuestra una alegre esclavitud amorosa que nos haga libres como Jesús que proclama: “… Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.” (Juan 4,34)

María, que es la madre de todos los creyentes y de cuya fe aprendió su hijo Jesús, es nuestro modelo en todas las circunstancias de nuestra existencia terrenal. Nuestra inteligencia unida a nuestra libre voluntad, son las características distintivas que nos elevan por encima de cualquier animal y nos hacen capaces de manifestar tangiblemente la presencia de Dios en nosotros.

María, como mujer de fe, sabía que someter su voluntad a la voluntad de Dios no era solo cuestión de esfuerzo personal o pura disciplina humana. Ella descubrió la necesidad de invocar la ayuda divina, la ayuda del Espíritu Santo de Dios. Esa ayuda divina es la que logró que su propia voluntad no fuera un obstáculo para la sabiduría celestial.

María arriesgó toda su existencia y su futuro al esclavizar todo su ser ante su creador. Al arriesgarse descubrió que, ante todo, Dios es amor y perfecciona a sus dóciles siervos en la alegría, en la libertad y en la paz. María constató cada día por el resto de su vida, que Dios hace maravillas cuando sus siervos se dejan guiar por su sabiduría, que siempre sobrepasa y ensancha los horizontes humanos.

La alegría perenne de María nos invita todos nosotros, como hombres y mujeres de fe, a confiar como ella, a perseverar como ella, a servir como ella en todas las circunstancias de nuestra cotidianidad: en la casa, en el trabajo, en el descanso. En la búsqueda incesante de perfeccionar nuestra humanidad, nuestro mundo, bajo el impulso y la energía de la amorosa sabiduría del mismo Dios que amó a María y nos sigue amando a nosotros hoy.

Nuestra amorosa esclavitud, como la de María, nos hace plenamente libres. Esa es la libertad que queremos ofrecer al mundo por todas las generaciones.

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Noroeste Católico – Julio/Agosto 2019

Bishop Eusebio Elizondo

Eusebio Elizondo, M.Sp.S., is auxiliary bishop of Seattle and vicar for Hispanic ministry.

Website: www.seattlearchdiocese.org/Archdiocese/auxiliaries.aspx
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