Santidad casera

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Conchita: Esposa, madre y mística

Uno de los grandes regalos del Concilio Vaticano II para el mundo entero fue la constitución apostólica Lumen Gentium (Luz de las Naciones). En los números 39 y siguientes de ese mismo documento se nos exhorta a todos los bautizados a profundizar en la grandeza de nuestra vocación como cristianos, es decir, que todos estamos llamados a ser santos y que todos podemos lograrlo. Si bien es cierto que en todas las épocas hemos tenido grandes mujeres y hombres de palpable santidad, en ese momento particular, la mentalidad general de los cristianos era pensar que la santidad era prácticamente privilegio de las religiosas consagradas o de los sacerdotes.

La inminente beatificación de la mexicana Conchita Cabrera de Armida nos inyecta una vez más esa dosis de fe que nos catapulta hacia nuestro Dios, origen y culmen de todo amor verdadero. El amor de nuestro Creador hace posible que alcancemos la plenitud de nuestra vocación humana y cristiana en cualquier circunstancia de nuestra vida: solteros, casados, sacerdotes o en la vida consagrada.

En su autobiografía, Conchita confiesa sencillamente: “A mí nunca me inquietó el noviazgo, en el sentido de que me impidiera ser menos de Dios. Se me hacía tan fácil juntar las dos cosas. Al acostarme, ya cuando estaba sola, pensaba en Pancho (su novio) y después en la Eucaristía, que era mi delicia. Todos los días iba a comulgar y después a verlo pasar (a Pancho). El recuerdo de Pancho no me impedía mis oraciones”.

La santidad se encuentra en el vivir perfeccionando cada día nuestro servicio en el estado de vida en el que el Señor nos ha colocado. Así, en el libro del Levítico encontramos que Dios dice a su pueblo: “Sed Santos, porque Yo Soy Santo”. (Levítico 11,44) Jesús por su parte exhorta a sus discípulos diciendo: “Sed perfectos como el Padre celestial es perfecto”. (Mateo 5,48)

Conchita, en su diario, escribe que Jesús le dijo un día: “Te casaste por mis altos fines; para hacer brillar más mi poder, para tu santificación y la de otras almas; haciéndote un vivo holocausto en favor de la santa pureza. Para que se viera que no era incompatible el matrimonio con lo de Él, (tener a Cristo como Esposo del alma) y las obligaciones (del esposo y los nueve hijos), con la piedad, y también por otras altísimas razones de su Sabiduría. … Crecía, crecía el fuego, la vida, el amor divino en mi pobre corazón, a la vez que las luces de la pureza, el ansia de pertenecerle, de ser toda suya”.

Esta gran mística mexicana encontró la fuerza para vivir con alegría y confianza cada etapa de su vida gracias a la Eucaristía. La cotidiana participación en la Eucaristía hizo que ella pudiera adentrarse en los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Esa intimidad con Jesús Eucaristía le permitió unirse a los sentimientos más íntimos del corazón amoroso de nuestro Señor para transmitirlos a su esposo, hijos, amigos y a todos los demás a su alrededor.

Todos los bautizados estamos llamados a ser santos. Como Conchita, podemos descubrir que los amores terrenales son nuestro camino de perfección cuando son alimentados por el amor divino que nos ha creado, y que nos envía a los demás para ser reflejos y misioneros de ese mismo eterno amor.

Así como todos nuestros amores humanos se alimentan y crecen con la presencia frecuente de palabras, signos y gestos entre los amantes, también nuestra relación amorosa con Jesús crece con todos los detalles de nuestra cotidiana humanidad. La presencia de Dios está inmersa en todos los aspectos de nuestro mundo y resultan tangibles para el que está enamorado de Dios, igual que para cualquier otro enamorado todo a su alrededor le recuerda la presencia de su amado. El captar todos esos signos externos como presencia del amado es lo que nos transforma en auténticos místicos en este mundo y nos hace vivir felices.

Sta. Teresa de Ávila decía que Dios anda “entre pucheros en la cocina”. Mientras preparaba lentejas u otros platillos de comida para la comunidad conventual, la encontraban extasiada pensando en Jesús, su amado Señor.

La santidad a la que estamos llamados no solo no es incompatible con nuestras realidades terrenas, sino que las perfecciona y les da la verdadera dimensión para la que el Señor las puso en nuestras vidas. Es decir, para iniciar y experimentar desde este mundo, el gozo del verdadero Reino de Dios que Jesús quiso al hacerse parte de este mundo.

El amor por la Eucaristía hizo crecer en Conchita el amor por los sacerdotes que nos entregan ese sagrado alimento celestial y la necesidad imperiosa de esa santidad excelsa en ellos. Acerquémonos siempre más a la Eucaristía, de tal manera que ese alimento haga de nuestras vidas un holocausto de servicio amoroso en nuestro mundo en todas las sencillas circunstancias caseras de nuestras vidas. María aprendió esa santidad casera en Nazaret, en Belén, y en Egipto; en el templo, en la cocina y en la carpintería. Santos y santas como Conchita han aprendido a imitarla. Que su intercesión nos haga también a nosotros crecer en santidad casera.

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Noroeste Católico – Marzo 2019

Bishop Eusebio Elizondo

Eusebio Elizondo, M.Sp.S., is auxiliary bishop of Seattle and vicar for Hispanic ministry.

Website: www.seattlearchdiocese.org/Archdiocese/auxiliaries.aspx