¿Cuál fue tu experiencia con el racismo? ¿Cómo te inspira nuestra fe a responder?

Fotos: Briane Henak/Rowland Studios Fotos: Briane Henak/Rowland Studios

Bajo la perspectiva de las conversaciones sobre justicia racial a nivel nacional, hemos pedido a cinco católicos de la Arquidiócesis de Seattle que respondieran a las preguntas de arriba.

Como los obispos de los Estados Unidos escribieron en su carta pastoral contra el racismo: “Como cristianos, estamos llamados a escuchar y a conocer las historias de nuestros hermanos y hermanas.”

Porque, como expresó el Arzobispo Paul D. Etienne el 19 de julio en una vigilia por la justicia racial: “Escuchar lleva a comprender, lo cual nos ayuda a superar las diferencias y a construir un nuevo compromiso de trabajar por la justicia — cumpliendo así con nuestra misión fundamental como católicos, que es la de construir el reino de Dios para todos”.

 

Michael Hale trabaja en el Ministerio de Formación en la Fe de la Parroquia de San Leo el Grande en Tacoma. También es un miembro del Consejo Asesor de Católicos de Raza Negra. Foto: Briane Henak/Rowland Studios

Policías de raza blanca me han parado más de un par de veces por tener estropeados los faros del coche.

La primera vez fue en 1978, cuando tres amigos afroamericanos y yo estábamos yendo en coche a un servicio memorial en Kentucky. Los oficiales nos ordenaron salir del coche y nos hicieron la prueba de alcohol. Después de una confusión acerca del registro del coche (yo dije que el coche era mío, olvidando que era el coche de una compañía), nos ordenaron “asumir la posición” y nos realizaron un cacheo a punta de pistola. Solo después de aclarar todo nos explicaron lo de las luces.

Estos oficiales no fueron directos y honestos. Nos trataron como criminales. Todo el tiempo yo estaba rezando para que no nos disparen. Era lo típico en muchos casos de encuentros entre las fuerzas policiales y las personas de color.

La segunda experiencia fue una noche hace cerca de 15 años, luego de un paseo por los senderos de Mount Rainier. Las luces en mi vehículo no funcionaban y estaba intentando conducir hasta casa en completa oscuridad. Rezaba, diciendo “¡Jesús, por favor condúceme seguro a casa!”.

Luego de aproximadamente 20 millas, me pararon a un costado de la carretera. Tenía miedo de parecer sospechoso conduciendo sin luces. En vez de ordenarme salir del coche, el oficial me pregunto a dónde iba y ofreció acompañarme hasta mi casa, todo camino hasta University Place. “¡Gracias, Jesús!”

Estas experiencias me hicieron notar que las fuerzas policiales no son el enemigo. Si un oficial tiene buena moral y un corazón encarecido, hará lo correcto.

 

Cheryl Johnson es miembro de la misión de San Joaquín de la Reserva Lummi. Foto: Briane Henak/Rowland Studios

Soy miembro registrado de la Tribu Lummi. Mi familia ha sido católica por tres generaciones. Desde que era joven, he estado acostumbrado al tono de voz y a la mirada en el rostro de una persona, que me dice que no soy bienvenido, incluso en la iglesia. Hace solo dos años, asistí a una reunión en una parroquia vecina que contaba con varios miembros de la tribu. Una señora sentada cerca de nosotros dijo a la mujer que estaba a su lado: “Estoy aquí con los indígenas salvajes”. La otra mujer respondió: “Bueno, mejor los mantienes a raya”.

Yo, de ninguna manera, creo que mis experiencias se pueden comparar con lo que la comunidad de raza negra ha tenido que enfrentar. Sí, he sido marcado por la policía, pero no he sufrido violencia.

La inspiración de mi fe ha sido siempre lo que me ha mantenido en pie ante momentos difíciles. Solía confrontar a las personas por sus preconceptos, pero ya no tanto. En los años 90 asistí a una serie de presentaciones de un sacerdote dominicano sobre crecimiento espiritual, y la mayor lección que aprendí fue la siguiente: No gustaré a todos. Mi frase favorita de las charlas era “La opinión que tengas de mí no es mi problema. Eso es entre tú y Dios.”

Rezo por las personas que albergan en sus corazones el racismo y el prejuicio. Rezo por ellos, para que sus corazones se ablanden y puedan ver que todos somos iguales ante los ojos de Dios.

Sta. Kateri Tekakwitha, ¡Ruega por nosotros!

 

Joseph Tseng sirve en el consejo pastoral de la Parroquia Nuestra Señora de Mount Virgin en Seattle. También es el presidente de la Comunidad Católica China de Seattle. Foto: Briane Henak/Rowland Studios

Crecí en Taipéi, Taiwán. Un día, en segundo grado, nuestra maestra presentó a un nuevo alumno aborigen proveniente de 200 millas al sur de la isla. Tenía un tono de piel más oscuro que el resto de nosotros, lucía una camisa arrugada, tenía un acento que no era familiar y no podía hablar nuestro dialecto. Se convirtió inmediatamente en el hazmerreír de todos a partir de ese momento.

Décadas después, estaba conduciendo a mil millas de Dallas, Texas, a un pueblo del medio oeste para comenzar mi primer empleo luego de graduarme. Mientras estaba en el lobby del hotel, otros viajantes que llegaron después de mí eran bienvenidos, recibidos y atendidos, pero yo era invisible para los recepcionistas hasta que hice una seña con la mano y levanté mi voz. No tenía el mismo tono de piel del resto, estaba vestido con una camisa de segunda mano y tenía un acento, a pesar de ser competente en inglés.

La desigualdad existe en todas las sociedades. Yo no pude entender verdaderamente el significado de ser un ciudadano de segunda clase hasta que lo viví en propia piel. Los sentimientos de desesperación y frustración fácilmente podían haberme hecho quedar atrapado en una actitud autodestructiva. Afortunadamente, aprendí a escuchar más profundamente a mi corazón al enfrentar estos desafíos. La diferencia entre el racismo inconsciente, el racismo desinformado y el deliberado es profunda. Aceptar la primera, dio coherencia a mi corazón y me llevó al perdón. La práctica diaria del agradecimiento, arrepentimiento, la esperanza y del dar a cambio de lo que recibo me ha guiado a una vida cristiana mucho más plena.

 

Mercedes Lui es miembro de la comunidad Chamorro de la Parroquia del Sagrado Corazón de Lacey y participa en el Ministerio samoano de San Pedro Chanel en la Parroquia de la Sagrada Cruz de Tacoma. Foto: Briane Henak/Rowland Studios

Nací y crecí en Guam, fui el mayor de 10 hermanos de una familia católica. Luego de mudarme a Washington, trabajé en el Banco Comunitario y realmente disfruté de mi trabajo y de las personas con las que trabajé.  

Con el paso del tiempo, surgieron oportunidades de ascender a una posición más alta. Apliqué y entrevisté, pero no me contrataron. Me dijeron que no tenía la experiencia suficiente, aunque había trabajado en el banco por más de seis años. Ok, seguí adelante.

Apliqué para otra posición, entrevisté de nuevo y no me aceptaron. A menudo me preguntaba qué estaba haciendo mal; lo único que se me ocurría era que era la única persona de un grupo minoritario de nuestro departamento. Nunca sentí odio alguno, pero había sido discriminado a causa de mi piel.

Por más que haya sentido esto, continué trabajando y me quedé por unos años más en el banco hasta que decidí trabajar por el gobierno federal, donde permanecí por 20 años antes de jubilarme hace algunos años. Nunca fallé en mi fe; yo sé que Dios estaba guiándome hacia el mejor lugar para que yo sea feliz. Mi fe y el amor de mi familia me ayudaron a seguir adelante sin importar cómo me sentía ni qué pasara.

Hoy en día, agradezco al Señor por permitirme creer, por hacerme paciente y seguir amando. Sé que soy bendecido y amado por el Señor.

 

Erika Barajas es ministra de música en la Parroquia Santa María del Valle en Monroe. Foto: Briane Henak/Rowland Studios

Como una mujer nacida en México, que vivió la mayor parte de su vida en los Estados Unidos, puedo decir que el racismo es uno de los temas más difíciles de tratar. Por un tiempo, evité el asunto e hice de cuentas que no existía, hasta un día cuando tenía 15 años.

Al caminar con mi hermana y un grupo de amigos, un chico detrás nuestro gritó: “Estamos en los Estados Unidos, solo hablamos inglés aquí”. Me di cuenta de que tenía dos opciones — o lo ignoraba o permitía que esos comentarios se convirtieran en parte de nuestra vida cotidiana; de lo contrario debería enfrentar la realidad del racismo y confrontarlo.

Decidí defender a mis amigos, a mi hermana y a mí misma, y respondí: “Lo siento si te parece que solo deberíamos hablar un solo idioma, pero para nosotros es una bendición poder hablar los dos”.

Al mirar atrás, pienso que muchas personas tal vez hubieran respondido con más ira, con un insulto, violencia o venganza, pero mi fe me dio las herramientas para dar una respuesta sincera, no ofensiva, que refleje la verdad y el amor que Dios tuvo por aquellos que lo desafiaron. Hasta hoy, elijo defenderme contra el racismo permitiendo a los demás ver a la persona que mi fe y que mis padres han hecho que yo fuera — honesta, sincera, educada y respetuosa. Jesús nos invita a ser como Él cada día, así que luchemos por eso, siempre amando a nuestro prójimo.

Noroeste Católico - Septiembre 2020