Dichoso el que, sin ver, ha creído

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La fe en la presencia de Cristo en la Eucaristía a través de la historia

El reciente estudio del Centro Pew que revela que el 76 por ciento de los católicos en Estados Unidos no cree en la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía (79 por ciento en el caso de los católicos hispanoparlantes en este país) nos lleva a pensar cómo se ha perdido la fe en una realidad crucial para todo creyente. Si Cristo no está presente en la Eucaristía, la misa entera es una farsa. Ante esta falta de fe, nos sorprende la maduración progresiva de la devoción a la Eucaristía en nuestra historia.

En el siglo XI se puso atención a la teología de la presencia real de Cristo en el sacramento, afirmándose que está totalmente presente en cada una de las dos especies. Así, se decidió dar la comunión bajo la sola especie del pan.

Hasta entonces, los fieles solo habían podido contemplar por breves instantes las especies sagradas. No se atrevían a mirarlas al reconocer su indignidad como pecadores, pero lo hacían a través de un velo.

En 1201, surge el toque de campanilla acompañando la elevación mayor, como señal e invitación para venerar el sacramento. Desde finales del siglo XIII, se tañía una campana con el mismo propósito, para que quienes estuvieran ocupados en el campo pudieran dirigir su mirada hacia la iglesia y adorar a Cristo al tiempo que los fieles presentes en el templo.

Ese mismo siglo, se dispuso que los sacerdotes, antes de consagrar, levantaran la hostia a la altura del pecho. Tras la consagración, a una altura conveniente para que todos
pudieran adorarla. Tal era la devoción por contemplar a Cristo presente en la Eucaristía, que, en ocasiones, se ofrecía al sacerdote una limosna para que mantuviera elevada la hostia por más tiempo. Muchos se contentaban con tan solo tener un atisbo de la hostia elevada. En muchas iglesias no era fácil distinguir la hostia sobre los colores del fondo del retablo, por lo que se corría un velo negro entre el retablo y altar.

La elevación influyó en el corte de la casulla. Antes, cubría los brazos hasta las manos. Al levantar el sacerdote los brazos casi verticalmente, la casulla estorbaba. Se fue recortando la parte que cubría los brazos hasta desaparecer. La casulla perdió su carácter de prenda de vestir, adaptada al cuerpo, para convertirse en dos piezas rígidas unidas entre sí por encima de los hombros.

La devoción por la contemplación de la Eucaristía durante la elevación condujo a la fiesta del Corpus Christi y la costumbre de la exposición mayor.

A fines de la Edad Media, cerca del siglo XV, se impuso la costumbre de inclinar la cabeza en señal de veneración. Los fieles dejaron de mirar la hostia, por lo que el papa Sn. Pío X concedió una indulgencia si durante la elevación se contemplaba y se rezaba la jaculatoria “Señor mío y Dios mío”.

Palabras del incrédulo Tomás cuando descubre que en verdad Cristo Resucitado está presente, a las que Jesús responde “Dichosos los que, sin ver, han creído”. (Juan 20,29) Palabras nuestras, con las que afirmamos que creemos en Cristo y que le creemos a Cristo cuando nos asegura, “Este es mi cuerpo. Esta es mi sangre”.

¿Por qué están dejando los católicos en este país de creerle a Jesús? Aún no lo sé. Pero convencido estoy de que el testimonio de fe de los pocos que todavía le creemos, resulta primordial para dar la vuelta a esta situación. Manifestemos pues, nuestra fe conduciéndonos con suma reverencia ante la Presencia Real, majestuosa y misteriosa. Sin afán de lucirnos, que todo el que nos vea no pueda dudar de que nos conducimos con máximo respeto ante el Santísimo, porque en verdad, Él está presente.

¡Apasiónate por nuestra fe!

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Noroeste Católico – Noviembre 2019

Mauricio I. Pérez

Mauricio I. Pérez, miembro de la Parroquia de Sta. Mónica en Mercer Island, es periodista católico. Su sitio web es www.semillasparalavida.org.

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