El día que conocí a un santo

Photo: Daniel Ibanez/CNA Photo: Daniel Ibanez/CNA

A 40 años del pontificado deSn. Juan Pablo II

Tenía 7 años cuando miraba en la TV asombrado a miles de personas ondeando pañuelos despidiendo al Papa Pablo VI en su funeral. Días después teníamos un nuevo papa. Su nombre era Juan Pablo. Su sonrisa, adorable. Semanas después, con más asombro todavía, veía de nuevo el funeral de un papa. Como si fuera un déjà vu, poco después volvía a salir al balcón un papa y su nombre era otra vez Juan Pablo. Este tenía una mirada dulce y penetrante. Era 16 de octubre de 1978.

Un par de meses después anunció que visitaría México muy pronto. El 25 de enero se sentía un ambiente especial. Por vez primera, un papa viajaba a México. Yo acababa de cumplir 8 años y cursaba segundo grado. Quería verlo, pero llegó en horario de clases y estudiaba en una escuela laica donde no llevaron televisores. Me perdí aquel gesto que sería el primero de la mayoría de los 103 viajes que realizaría después. Con humildad impactante, al descender del avión Juan Pablo II se arrodilló y besó el suelo. Lo haría después cada vez que viajara a un país por vez primera.

Seguíamos todo por TV cuando mis papás y abuelos se levantaron sobresaltados y me sacaron con mis hermanas. Corrimos a Insurgentes, avenida importante, a esperar que el papa pasara rumbo a la nunciatura donde se hospedaría. Había miles de personas. De pronto estalló la algarabía. Se gritaba con fervor, “¡VIVA EL PAPA!”. Desde un autobús al descubierto Juan Pablo II bendecía al pueblo a un lado y al otro. Mi corazón palpitaba desbordante. Mis ojos se llenaban de lágrimas. Sentía algo indescriptible. Esa mirada … esa sonrisa … ese amor que irradiaba … esa sotana blanca y pura … quise gritar “¡Viva el Papa!”, pero el nudo en la garganta me dejó mudo. Me había cubierto la sombra de Sn. Pedro. (Cf Hechos 5,15)

Para México y para el papa fue amor a primera vista. Juan Pablo II descubrió allí que tenía que viajar por todo el mundo. Siempre guardó por la tierra de Guadalupe un amor especial que jamás negó. Por eso volvió cuatro veces declarando en la penúltima, “Hoy puedo decir, ‘¡tú eres mexicano!’” (Encuentro con los jóvenes, 1999) Cuando partía, lo despedíamos con el reflejo de millones de espejos desde las azoteas.

Estudiaba ingeniería cuando el Santo Padre regresó en 1990. Pude verlo más veces y la reacción fue idéntica: emoción sublime, deseo de gritarle ahogado por un nudo en la garganta y la sensación de que Juan Pablo II irradiaba un no sé qué que me hacía sentir cerca de Dios. Volvió en 1999, días antes de casarme. Lo vi con mi prometida y sentimos los dos más lo mismo.

En 2002 nació nuestro primer hijo, Juan Pablo. Vivíamos ya en Seattle. Juan Pablo II volvería a México. El papa y los mexicanos sabíamos que sería la despedida. No podíamos perdérnosla. Tomamos al bebé y viajamos para que su homónimo pontífice lo bendijera al pasar por la calle. Aguardábamos bajo el sol entre la multitud cargando a un bebé de 5 meses. Luego de horas lloraba desesperado y más al acercare el papamóvil y estallar la algarabía. Pero al pasar Juan Pablo II, el pequeño Juan Pablo entraba en paz y se dormía. Reaccionó igual las cuatro veces que lo vimos. La sombra de Sn. Pedro cubría al bebé apaciguando su llanto y dándole paz.

Vi a Sn. Juan Pablo II siendo niño, universitario, a punto de casarme y como padre de familia. Crecí bajo su pontificado que marcó mi vida. Su muerte provocó el día más triste de mi vida. Pero pude visitar su sepultura y sentir cómo de ella se irradiaba un no sé qué que me volvió a estremecer y a provocar un nudo en la garganta. Esa emoción que se siente al estar en presencia de un santo.

¡Apasiónate por nuestra fe!

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Noroeste Católico – Octubre 2018

Mauricio I. Pérez

Mauricio I. Pérez, a member of St. Monica Parish on Mercer Island, is a Catholic journalist. His website is www.seminans.org.

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