El drama de Sn. José al emigrar a tierra extranjera

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Huyendo a Egipto para poner a salvo al Niño Dios

Para José, el nacimiento del Niño Dios significa, como para todo padre primerizo, un cambio radical en la vida. Aun cuando Jesús es solo su hijo adoptivo, ya nada será igual. Porque el ángel se lo ha explicado, José sabe que ese Niño es el Hijo de Dios. Lo toma en sus brazos y solo de recordarlo, un escalofrío recorre su interior. ¿Cómo educar a este niño? ¡Qué ejemplo tan impecable habrá que darle!

La vida de José ha cambiado para siempre, pero lejos está de imaginar cuánto. A los 40 días del nacimiento, cumpliendo la ley como es debido, va con María a Jerusalén a presentar al Niño a Dios en el Templo. Al llegar, les sale al encuentro un anciano que dice a María unas palabras que lo dejan cimbrado. Le advierte que una espada traspasará su alma. (Lucas 2,35) ¿De qué está hablando? ¿Qué tremendo sufrimiento ha de sobrevenirle a su amada esposa? ¿Cuándo sucederá? ¿Qué tiene que ver ese dulce bebé, que además es Hijo de Dios? José se siente inquieto. No le queda más que confiar una vez más en Dios.

Pocos días después llegan unos magos que han viajado desde Oriente para adorarlo. Le traen regalos cargados de simbolismo: oro para un rey, incienso para Dios y mirra para alguien que ha de sufrir mucho. (Mateo 2,11)

Tras un día fatigoso, José carga un rato al bebé mientras María descansa. Se duerme y lo coloca al lado de su Madre y decide descansar también. ¡Un sueño lo sobresalta! (Cf 2,13-14) El ángel le advierte que Jesús está en peligro pues Herodes lo anda buscando para matarlo. ¡Debe huir de inmediato! José se despierta sobresaltado y con la frente perlada de sudor. Piensa que fue una pesadilla, pero en su corazón siente la certeza de que no es así. Era el mismo ángel que se le había aparecido antes y sabe que es un mensajero de Dios. ¿Y ahora?

¡No hay tiempo que perder! No sabe qué tan cerca se encuentren los soldados del rey. Despierta a María y le comparte el mensaje del ángel. María lo mira angustiada. Los dos guardan silencio. “¿A dónde vamos, José?”, le pregunta finalmente. “María, vámonos a Egipto”. “¿A Egipto? No conocemos a nadie allá, no tendremos donde llegar, tú no tendrás trabajo y tenemos que alimentar al Niño. Además, está muy lejos…”, “Precisamente, María. Mientras más lejos, mejor. Tenemos que poner a nuestro Hijo a salvo. El ángel me lo indicó y hemos oído historias de conocidos que cuentan cómo es una nación próspera donde podemos comenzar de nuevo. Será riesgoso, pero más arriesgado es quedarnos. Además, no estaremos solos. Nos tenemos tú y yo y ahora tenemos al Niño”.

María confía en José porque lo ama. Pero más confía en Dios y sabe que por absurdo que resulte este viaje, Él proveerá. Con lágrimas en los ojos emprenden el largo viaje dejando atrás la tierra donde crecieron, se conocieron y formaron su primer hogar. Son casi 700 kilómetros de viaje. A razón de 20 por día, como se acostumbra en esos tiempos, les toma un mes llegar a su destino. Egipto es impresionante, muy moderno y cosmopolita. Al llegar sienten admiración, pero a la vez temor. Mas nunca pierden la esperanza. Esta nueva tierra será el hogar de la Sagrada Familia. Habrá que comenzar desde abajo, sin mayor ilusión que el bien de su familia. Y sobre todo, el bien del Niño Dios.

Jesús, José y María, Sagrada Familia de migrantes que siempre cuidan de los migrantes que, como ellos, dejan detrás su hogar con lágrimas en los ojos para buscar la bendición de Dios en una tierra lejana.

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Noroeste Católico – Enero/Febrero 2019

Mauricio I. Pérez

Mauricio I. Pérez, miembro de la Parroquia de Sta. Mónica en Mercer Island, es periodista católico. Su sitio web es www.semillasparalavida.org.

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