El Espíritu Santo todavía sopla fuego

En los libros de colorear y figuras de fieltro de mi infancia, los discípulos de Pentecostés estaban erguidos, de pie, con gotas rojas sobre sus cabezas. Parecían como hileras de fósforos encendidos. Mi maestra de religión llevaba el cabello recogido en un peinado que cubría sus orejas, y nos decía que, en Pentecostés, el Espíritu Santo llegaba como una ráfaga de viento. Mientras el resto de la clase se quedaba preguntándose si realmente ella tenía orejas debajo de ese cabello negro, yo me preguntaba cómo estas llamas se mantenían encendidas. ¿Acaso no se apagaban?

Cuarenta años más tarde, mi mente todavía está nublada cuando intento pensar en el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad. Como el yo niño de cinco años, no puedo conciliar las metáforas del Espíritu Santo como viento y también fuego. No fue hasta recientemente que todo tuvo más sentido para mí.

Mi familia estaba pasando un largo fin de semana en una cabaña que alquilamos en las islas Orcas, cuando el fuego en la estufa a leña se apagó. Tomé otro trozo de leña pero no pude encontrar los fósforos. Mientras que mis niños salían a buscar otra cajita, vi que la madera que quedaba en el fondo de la estufa todavía tenía algo de fuego encendido. Soplé hacia las brasas, un fuego resplandeció rojo vivo con cada soplo, hasta que prendió y se encendió el fuego. Y pude ver el soplo y el fuego funcionando juntos.

A veces, ese fuego soy yo. Estoy apenas vivo. Mi fe está tibia, a temperatura ambiente, ni fría ni caliente. He perdido cualquier tipo de entusiasmo o emoción con respecto a mi fe— y ni siquiera me di cuenta de lo que había sucedido o de lo que estaba sucediendo. Existo con piloto automático. Mojo mis dedos en el agua bendita, susurro oraciones, me pongo de pie, me siento. Aun así, en mi corazón, he olvidado.

Las Escrituras dicen que Cristo dijo a sus discípulos que una vez que el Espíritu Santo llegara, ellos entenderían sus enseñanzas. Me gusta como lo describe el poeta Malcolm Guite: “Hoy la Iglesia al fin respira y canta”. Evoca en mí imágenes de un niño naciendo, tomando esos primeros alientos de aire, así como la llegada del Pentecostés dio a luz a la Iglesia. Y para aquellos que estuvieron allí en Pentecostés, cuando el Espíritu sopló sobre ellos, finalmente comprendieron las parábolas que Cristo les había contado y cómo los profetas del Antiguo Testamento hablaban de Él.  

Esta es la belleza de nuestro calendario eclesiástico. Justo cuando comienzo a darme cuenta de que algo falta, entramos en la temporada de fuego. El Pentecostés sucedió hace 2000 años, pero también sucede hoy cuando clamamos “Ven, Espíritu Santo”. Él llega para encender de nuevo nuestro amor, nuestro entendimiento, nuestra fe. Soplando nueva vida dentro de nosotros.

Santa Catarina de Siena entendió esto cuando oró: “Tú, Dios, enciendes brasas de fuego con el amor que eventualmente funde el odio y la amargura del corazón y de la mente de los hambrientos. Hasta su odio se convierte en ternura”.

Ven, Espíritu Santo, ven. Sopla en nosotros nuevo fuego para que de nuevo seamos cautivados por tu llama.

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Noroeste Católico – Mayo 2020

Shemaiah Gonzalez

Shemaiah Gonzalez, a member of St. James Cathedral Parish, is a freelance writer with degrees in English literature and intercultural ministry. Find more of her writing at shemaiahgonzalez.com.
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Shemaiah Gonzalez, miembro de la parroquia de la Catedral de Saint James, es escritora independiente con diplomas en Literatura inglesa y Ministerio Intercultural. Puedes encontrar más de sus redacciones en: shemaiahgonzalez.com.