El niño milagro

Jake Finkbonner, ahora estudiante de la Universidad del Oeste de Washington, todavía se siente “impresionado” cada vez que sus padres cuentan la historia de su milagrosa sanación. Foto: Rowland Studio Jake Finkbonner, ahora estudiante de la Universidad del Oeste de Washington, todavía se siente “impresionado” cada vez que sus padres cuentan la historia de su milagrosa sanación. Foto: Rowland Studio

Casi 15 años después, la increíble recuperación de Jake Finkbonner de una infección por bacteria necrosante continúa fortaleciendo la fe de las personas

Elsa Finkbonner había estado orando y orando por días, preguntándose si Dios estaba escuchando sus oraciones.

Elsa y su esposo, Donny, estaban listos para entregar a su hijo Jake, de 6 años, a Dios si esa era Su voluntad, pero también estaban rogándole que lo sanara de la bacteria necrosante que había invadido su cuerpo.

 “Oramos para que Jake se salvara, pero al final estábamos dispuestos a aceptar un “No”, relató Elsa.

El calvario de la familia Ferndale comenzó durante un juego normal de baloncesto en febrero de 2006.

Era el minuto final y Jake estaba acercándose al aro para lanzar un tiro. Cuando se detuvo repentinamente bajo la red, los jugadores del equipo contrario corrieron hacia él, lo que hizo que cayera sobre la base del aro portable. Se cortó el labio con la base, sin saber que estaba contaminada con bacteria estreptococo del grupo A, que puede causar fascitis necrosante.

En dos días, el labio hinchado del pequeño se convirtió en una completa invasión de bacteria en su rostro. Era tan grave que los doctores del Hospital de niños de Seattle explicaron que, literalmente, estaban intentando salvar la vida de Jake.

“Estabamos anonadados” por la noticia, cuenta Donny. Así que él y Elsa unieron sus manos y oraron: “Hágase tu voluntad, Dios. Si es tu voluntad llevar a Jake a casa, él te pertenece, llévalo”, rezó Elsa. “Sabíamos que Dios no podría hacer su trabajo si nos aferrábamos a él tan fuertemente como pertenencia nuestra –porque él no nos pertenece. Así que ahí fue cuando le dejamos ir — ‘que se haga tu voluntad”.

La pareja se aferró fuerte a su fe mientras los cirujanos removían el tejido destruido del rostro de Jake cada día, a veces dos veces por día, en un esfuerzo por detener la propagación de la bacteria. Antes de cada cirugía, Donny y Elsa se paraban a la puerta, mientras Jake era ingresado, en silla de ruedas, a la sala de operaciones, levantando sus brazos y orando a Dios para que guíe las manos y los ojos de los doctores de Jake.

 “Cada día, las noticias de Jake fueron cada vez peor ”, cuenta Elsa, “y me acuerdo que pensaba ‘¿Será que Dios me oye? ¿Está escuchando mis oraciones?’”

Un mensaje de Dios

Por sugerencia de su pastor, el Padre Tim Sauer (entonces asignado a la parroquia San José de Ferndale), Donny y Elsa, los maestros de jardín de infantes de Jake en la escuela de la Asunción en Bellingham, y muchos otros, oraron por la intercesión de la Beata  Katari Tekakwitha, una mujer mohicana del siglo XVII que se convirtió al catolicismo.


En 2006, los compañeros de la escuela de la Asunción de Bellingham, oraron diariamente el rosario por él mientras estaba en el hospital.

El Padre Sauer había notado las similitudes entre Jake y Kateri: ambos son nativos americanos (Jake es mitad indígena Lummi) y de joven, Kateri contrajo sarampión, lo cual le desfiguró la cara. Necesitaba un milagro más para ser santificada, les dijo el Padre Sauer, “y las semejanzas eran tantas, que insistió en nuestra oración”, manifestó Elsa. Por lo tanto, así hicieron.

El 23 de febrero, la tía de Donny llegó al hospital con una hermana religiosa y se la presentó a Elsa.

 “Su nombre era Hermana Kateri [Mitchell] y yo solo recuerdo que la miré y tuve un pensamiento espeluznante, ‘Tú eres una mensajera,’” relata Elsa. La familia nunca había conocido a nadie llamada Kateri, y ahora allí estaba. “Tú eres el mensaje de que Dios está escuchando nuestra oración”, le dijo Elsa.

La Hermana Kateri, entonces directora ejecutiva de la Conferencia Tekakwitha en Louisiana, trajo consigo una reliquia de la Beata Kateri. Colocando la reliquia sobre la pierna de Jake, oró con Elsa, pidiendo la intercesión de Kateri para Jake.

El cirujano de Jake no esperaba que sobreviviera esa noche, pero la mañana siguiente, lo llevaron en silla de ruedas a la sala de operaciones para lo que pensaban sería el último esfuerzo por detener la bacteria y salvar su vida.

Luego de solo 45 minutos, los padres de Jake fueron informados de que los doctores querían verlos. Temieron lo peor.

“Esperábamos escuchar que no había sobrevivido”, cuenta Donny.

Pero las palabras que salieron de la boca del doctor respondieron las miles de oraciones de Donny, Elsa, sus familias, sus comunidades parroquiales y escolares y de personas de cerca y lejos.

 “No sé cómo decirles esto, pero se detuvo”, recuerda Donny que dijo el doctor. “No hay nada allí. Es como un volcán, y este volcán que estuvo erupcionando por semanas de pronto se detuvo”.

Estaban atónitos. Si Jake sobrevivía las siguientes 24 horas, dijeron los doctores, los cirujanos podrían iniciar el proceso de reconstrucción.

 “Me devolvieron el primer aliento de vida”, manifestó Elsa.

Jake, el niño milagro

Elsa y Donny sabían en sus corazones que la sanación de Jake había sido un milagro, y no les importaba si la Iglesia Católica nunca lo hiciera oficial.

Pero luego de una investigación, en diciembre de 2011, la Iglesia declaró que la sanación de Jake había sido el segundo milagro necesario para elevar a la Beata Kateri a la santidad. Ella fue canonizada el 21 de octubre de 2012, con el niño de 12 años, Jake, sus padres y sus hermanas Miranda y Malia presentes en Roma para la celebración, donde conocieron al Papa Benedicto XVI.


Jake Finkbonner y su familia saluda al Papa Benedicto XVI en la Plaza de San Pedro luego de la misa de canonización de siete santos el 21 de octubre de 2012, entre los cuales estaba Sta. Kateri Tekakwitha. La sanación de Jake era el milagro que se necesitaba para elevar a Kateri a la santidad. Foto: CNS/Paul Haring

Durante los primeros años desde la sanación de Jake, la familia habló a muchos grupos acerca de su experiencia.

Aunque les agradaba la atención, eventualmente “sentimos que repetíamos lo mismo una y otra vez” cuenta Jake, ahora un joven de 20 años y estudiante de la Universidad del Oeste de Washington con aspiraciones a ser doctor y participante del Centro Newman. “Pero al mismo tiempo, siento que es lo que debo hacer. Muchas personas se han acercado a agradecernos por compartir nuestra historia porque dicen que les ayudó a volver a la Iglesia y cosas así”.

Recientemente, cuando la familia se reunió para una entrevista virtual para Noroeste Católico, habían pasado años desde la última vez que contaron su historia.

 “Me impresiono cada vez que escucho a mamá y a papá contarla”, cuenta Jake, “porque me siento como el espectador, y obviamente no lo era. Todavía es algo que me recuerda de mi fe”.

Jake compartió una historia de cómo su milagrosa cura continúa ayudando a otros. Regresando a casa un día después de dejar a su hermana en una práctica de voleibol, se preguntó si debía parar para hacerle un cambio de aceite al coche. Estaba cansado y pensó en dejarlo pasar, pero a último momento decidió hacerlo.

Mientras estaba en la sala de espera del lugar, uno de los empleados vino a saludarle. “Hey, ¿eres tú el Sr. Finkbonner?” preguntó a Jake. Respondió ‘Sí, soy yo.’ Y él me dijo ‘¿Eres tú el niño milagro?’ y yo, tímidamente le dije ‘Sí, seguro que lo soy.’”

El hombre le contó a Jake un poco de su propia historia, cómo estaba luchando con la drogadicción y que había estado orando por ello. Dos días antes, el hombre dijo que había orado así “Dios, a este punto necesito un milagro. Por favor dime que me estas escuchando’. Y luego me envía a ti, un milagro que camina”.

“Yo estaba como que, vaya, todo lo que buscaba era un cambio de aceite y ahora estoy ayudando a este hombre por accidente”, relata Jake.

“Eso no fue un accidente, sino la voluntad de Dios” agrega Elsa, “Tu presencia era todo lo que necesitaba”.

Jake fue sometido a 35 cirugías para reconstruir su rostro luego de ser desfigurado por bacteria necrosante. Foto: Familia Finkbonner

Una visita al cielo

El día en que los doctores pensaron que Jake no sobreviviría la noche, él tuvo una experiencia fuera de su cuerpo.

Recuerda escuchar las voces de su familia y doctores hablando a su alrededor, disgustados porque las noticias no eran buenas. “Recuerdo sentir que mi cuerpo se hacía más ligero y podía sentir que me elevaba”, cuenta Jake. “Cuando abrí los ojos, me encontré en lo que yo creía era el cielo”.

Se encontró con la abuela de su madre, que había muerto antes de que él naciera, y con su tío Tom, hermano de su padre, que había fallecido dos semanas antes del accidente de Jake. Dio un abrazo a ambos y se sintió reconfortado por tener familia a su lado.

Mientras que Jake estaba visitando el cielo, Elsa estaba sintiendo un terrible vacío dentro suyo. “Sentí que él había dejado la tierra, pero no tenía pruebas”, expresó.

Unas semanas más tarde, luego de que Jake saliera de la unidad de cuidados intensivos, Elsa entró a la habitación del hospital y Jake estaba sentado en la cama, levantó sus manos y dijo “Fui elevado”.

 “Yo sabía exactamente de qué estaba hablando, pero quería escucharlo de su boca”, manifestó Elsa.

Aunque parte de la experiencia está nublada para Jake, los detalles que compartió con su madre ese día están “grabados en mi memoria”, agregó ella.

El cielo era hermoso, luminoso y cálido, y había ángeles cantando. Jake tenía alas y podía ver a su familia desde arriba. Ellos estaban en el hospital, llorando porque estaba muerto. Él quería quedarse en el cielo, pero su tío le dijo que no podía porque su familia le necesitaba.  

“Y luego dijiste que le diste un abrazo a Jesús, y que en un momento dado el corazón de Jesús salió de su cuerpo y entró en el tuyo, y luego volvió a él”.

Cuando era momento de regresar, las alas de Jake desaparecieron y sintió un sonido como “mil centavos cayendo del cielo” hasta que se encontró de nuevo en la cama del hospital.

 “Su día en el cielo, fue mi día en el infierno” expresó Elsa. “Estábamos en lugares opuestos, pero gracias a Dios que nos volvió a unir”.

Jake Finkbonner se reencuentra con la Hermana Kateri Mitchell luego de una misa en la reserva Lummi en 2018. Foto: Janis Olson

Devolviéndole a Dios lo que les dio

La sanación de Jake ha fortalecido la fe de los Finkbonners e impartido lecciones para su recorrido en esta vida.

 “Siento pena por las personas que no tienen fe,” comenta Donny, “porque puedo sentir que tengo algo tan valioso, me hace saber lo que va a pasar al final. Sabemos que hay un cielo porque nuestro hijo nos lo contó. Y hemos visto lo que el poder de la oración puede alcanzar”.

 “Siempre hay momentos en la vida en que luchas con algo”, prosigue Donny, y “la oración puede ayudar a abrir tu corazón para aceptar a alguien o algo que te ayudará…a escuchar el mensaje de Dios, la palabra de Dios sobre qué hacer”.

Cuando la gente le pregunta a Jake sobre las “moralejas” de su experiencia, la mayor es la omnipresencia de Cristo.

“Yo creo que Cristo está en todos nosotros, y pienso que él tiene una manera de penetrar en todos nosotros de manera de estar siempre presente para cada uno cuando le necesitamos”, expresó Jake.

Para Elsa, la experiencia del sufrimiento de Jake y la sanación muestra que “cada uno está donde se supone que debe estar en cada momento; no importa cuán difícil sea la situación, hay un propósito detrás de ella”.

Cuando las personas preguntan cómo manejo las dificultades, Elsa les dice: “Se las entregas de nuevo a Dios. Pero tienes que recordar que solo por pedir algo no significa que lo recibirás”.

 “Para mí, todo se trata de la confianza — de que ahí es donde está tu corazón y tu mente, en tu fe en Dios”.

 

Noroeste Católico - Octubre 2020

Jean Parietti

Jean Parietti is the local news editor for NWCatholic.org and features editor for Northwest Catholic magazine. You can reach her at jean.parietti@seattlearch.org.
__________

Jean Parietti es editora local para el sitio web NWCatholic.org y destacada editora de la revista Noroeste Católico/Northwest Catholic. Pueden contactarle en: jean.parietti@seattlearch.org.