El orgullo de los hijos son sus padres

Al celebrar el Día del Padre, no puedo evitar recordar que, según la Escritura, “el orgullo del hijo es su padre” (Cf Proverbios 17,6). Es triste que no todos los hijos puedan hacer suyas esas palabras. Hay padres poco afectuosos y egoístas que viven para sí y dan a sus hijos las migajas que sobran de su valioso tiempo.

Esta vez, me resulta menester mirar en retrospectiva lo que mi propio padre ha sido para mí. Es fácil para todo periodista escribir sobre la paternidad como un concepto. A escribir sobre Papá, pocos se atreven. Quiero, pues, ser atrevido. Y es que, siendo honesto, puedo hacer mías las palabras del proverbio.

Mi papá me guió por el camino de Dios
(Salmo 32,8). Me llevó puntualmente a cada clase de catecismo y de él aprendí a rezar cada mañana de camino a la escuela, como rezo ahora con mis propios hijos. Se aseguró de que nunca faltáramos a Misa de domingo y se sentaba en la parroquia una hora antes de los oficios de Semana Santa para asegurarnos un lugar a los demás.

Cuando ha sido necesario, me ha corregido, incluso a mis casi 50 años (Proverbios 3,12).

Me aseguró más de una vez que Dios siempre estaría allí para defenderme, cuando él no pudiera (Salmo 27,1). Aunque me enseñó con su ejemplo a nunca permitir la injusticia, siempre me ha hecho reconsiderar mis batallas antes de librarlas, para proceder con prudencia y sensatez (Proverbios 4,1). Me dejó claro también que siempre debo respetar a mis mayores y a quienes tienen autoridad, sin caer en la rebeldía (Salmo 78,8).

Por seguro, Papá soñó con que un día yo fuera, hiciera, legara. Sin embargo, jamás soñó por mí, ni me impuso sus sueños, ni aplastó los sueños que Dios sembró en mi corazón, aunque esto le costara el mayor de los dolores. Aun sabiendo yo que, en su momento, fue mi mejor decisión, nunca me perdonaré el dolor que le causé cuando anuncié que me iría a vivir a otro país, a perseguir un sueño. Nunca había visto a mi papá tan triste. Sin embargo, alentó mis sueños y ahora celebra cuando se vuelven realidad.

Agradezco a papá que, aunque enérgico y exigente, jamás en la vida me puso un dedo encima. Cuando más, me alzó la voz ¡y muy fuerte! Así, me consta que es posible educar sin propinar golpe alguno y por eso jamás he puesto un dedo encima de mis hijos.

Maratonista empedernido, a quien nunca le pisé los talones. Decían que no corría tanto como él porque yo era un flojo. Eso es falso. Mi papá corría mucho más por la sencilla razón de que es mejor que yo. Quisiera tener al menos la mitad de su tenacidad, disciplina y constancia. Cada línea de meta que cruzaba me hacía admirarlo más.

Hoy hago mío ese proverbio, y te digo a los cuatro vientos, “Gracias, papá, el orgullo de tu hijo es su padre”.

¡Apasiónate por nuestra fe! 

Read the English version of this column.

Noroeste Católico – Junio 2020

Mauricio I. Pérez, a member of St. Monica Parish on Mercer Island, is a Catholic journalist. His website is www.seminans.org.

Website: www.seminans.org