El origen del Belén o nacimiento

Foto: St. Francis of Assisi in the scene of the Nativity, Convento de Capuchinos, Spain, Shutterstock Foto: St. Francis of Assisi in the scene of the Nativity, Convento de Capuchinos, Spain, Shutterstock
Conoce quién inventó el nacimiento y cómo montó el primero en la historia

Es la más santa costumbre en Navidad asistir a medianoche a la Misa de Gallo, una de las cuatro eucaristías distintas que se ofrecen para celebrar el nacimiento del Niño Dios: la vigilia, la de gallo, la de la aurora y la del día.

Es costumbre también colocar en las iglesias y en los hogares un Belén o nacimiento: José y María, el Niño recostado en un pesebre, una mula y un buey, pastores que representan al pueblo de Dios y los Magos que vinieron de Oriente. No falta el ángel mensajero y la estrella de Belén.

¿De dónde procede esta costumbre?

El origen del nacimiento se remonta al siglo XIII. Su iniciador fue Sn. Francisco de Asís.

Refiere Tomás de Celano que la Navidad era siempre para Francisco un día de particular alegría. “Si conociese al Emperador — solía decir — le rogaría que diera la orden de esparcir, en aquel día, trigo para todos los pájaros, especialmente para las golondrinas, y que ordenara a todos aquellos que tienen animales en los establos que dieran a sus animales, en memoria del nacimiento de Cristo en un pesebre, un alimento más abundante. Desearía también que en aquel día solemne ¡todos los ricos de este mundo acogieran a los pobres en su mesa!” (Vida Segunda 151, Speculum Perfectionis 124)

En Greccio, un amigo del santo, Juan Velita, le había ofrecido para vivir un terreno alto recubierto de bosques. Mientras Sn. Francisco moraba allí, con ocasión de la Navidad de 1223, llamó a su amigo y le dijo: “Mira, quisiera celebrar contigo el día de Navidad. Se me ha ocurrido esta idea: en el bosque, cerca de nuestra ermita, encontrarás una gruta: allí dispondrás un pesebre con heno y también un buey y un burro, tal como en Belén. ¡Ojalá al menos una vez pudiera ver con mis ojos cómo el Divino Niño descansó en el establo, cómo el Señor se sometió al desprecio y a la extrema pobreza por amor nuestro!”

Juan Velita accedió gustoso y Francisco, habiendo ya obtenido la autorización de la Santa Sede, erigió un altar con la ayuda de los hermanos e invitó a la gente de los alrededores. Hacia la medianoche llegaron numerosos grupos de personas con antorchas en la mano, mientras los frailes rodeaban la gruta con velas encendidas.

Iniciada la santa misa, “cuando llegó el momento del canto del evangelio — recuerda Celano — Francisco se presentó revestido de diácono. Con profundos suspiros, sintiendo el ardor de la devoción y radiante de alegría interior, el santo se colocó ante el pesebre y su voz se elevó por encima de la muchedumbre para enseñar dónde hay que buscar el sumo bien. Habló con inefable dulzura del Niño Jesús, del Gran Rey que se dignó asumir la forma humana, del Cristo nacido en la ciudad de David. Y a cada instante, cuando pronunciaba el nombre de Jesús, la llama interior de su corazón le ponía en sus labios las palabras: ‘El Niño de Belén’; y esta expresión adquiría en sus labios una fascinación extraordinaria. Estaba frente al pueblo como el cordero de Dios en toda la santidad de su sacrificio.

“Terminado el rito, todos se fueron con el corazón lleno de gozo celestial.” (Vida Primera 80)

Fue esta la primera misa de medianoche frente al primer “pesebre de Belén”. Los franciscanos, a imitación de su Padre seráfico, difundieron por toda la tierra este gozoso modo de venerar al Niño Jesús.

Que al contemplar en casa nuestro nacimiento esta Navidad, sepamos, como Francisco, constatar cómo Jesús se sometió al desprecio y a la extrema pobreza por amor nuestro.

¡Apasiónate por nuestra fe!

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Noroeste Católico - diciembre 2017

Mauricio I. Pérez

Mauricio I. Pérez, a member of St. Monica Parish on Mercer Island, is a Catholic journalist. His website is www.seminans.org.

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