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En momentos de sufrimiento, el amor de Dios nos fortalece

Cuando estaba en el noveno año de escuela, casi todos los sábados me encontraba en algún club para jóvenes de mi edad o en algún bar escuchando a la banda The Violet Burning. La banda gótica lucía ropa negra y se peinaba el cabello teñido en picos de formas trapezoides. Mis amigos y yo apenas bailábamos, más bien nos movíamos aletargadamente en el oscuro lugar, alumbrado solo con luz de ambiente color violeta.

Con toda su maestría, evocadora de otras bandas de la época, The Violet Burning tocaba canciones acerca de Jesús.

La canción que me cautivó completamente se llamaba “There is Nowhere Else” / No hay ningún otro lugar, letra que tomaron de Romanos 8, 38–39, versículos que conocía bien debido a la educación de mi escuela cristiana: “ Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.”

Necesitaba escuchar estas palabras. La verdad era que, ansiaba desesperadamente ser amada.

El año anterior, después de años de un matrimonio abusivo, mis padres se habían divorciado. Como consecuencia, sentí que había perdido el amor de mis padres, y al despertar a la adolescencia, esperaba que algún niño distraído de cabellos oscuros me enamoraría locamente.

Pero por supuesto, Dios tenía otros planes.  

En ese club que apestaba a cigarrillos de clavo de olor, las palabras de San Pablo a los romanos me llenaron con una sensación de paz.  

Supe que era amada.

San Pablo no dijo estas cosas a la ligera. Él sabía que estaba escribiéndole a una comunidad de personas que estaban sufriendo. Justo estaban regresando a Roma luego de ocho años de exilio a causa del Emperador Claudio. Estaban dolidos.

Y no era que San Pablo les estaba escribiendo palabras triviales. Él comprendía estas palabras íntimamente. Él había sido apedreado, abandonado a la muerte, arrojado a la cárcel e incluso había naufragado. Pero en todo esto, él sabía que nunca estaba separado del amor de Dios.

Yo no sabía todo eso entonces. Solo sabía que esas palabras estaban hechas para mí también. Dios no quería que me conformara con un muchacho de quince años en patineta. Había algo en esas letras cantadas en voz alta que hizo que se encallaran en mi corazón. Nada podría separarme del amor de Dios. Yo sabía eso. Estas palabras se incrustaron en mis huesos. Me dieron fuerza. No me sentía sola, me sentí amada.

San Pablo quiso que los romanos supieran que el sufrimiento no los separaría de Cristo. Cristo estaba allí mismo, junto a ellos.

Estas palabras me sostuvieron. Las recordaba una y otra vez a lo largo de los años, cuando mi sufrimiento creció más y se volvió más grande que el divorcio de mis padres y que unos cuantos amores de adolescente. Y regresé a ellas durante estos últimos meses, cuando el sufrimiento alcanzó una dimensión nueva que nunca hubiera imaginado.

Cristo estaba allí conmigo, envolviéndome con su amor.

Y yo canto un himno de alabanza:

¡Oh, profundo amor de Cristo,
Vasto, inmerecido don!
Cual océano infinito,
Ya me inunda el corazón.

 

Noroeste Católico – Julio/Agosto 2020

Shemaiah Gonzalez

Shemaiah Gonzalez, a member of St. James Cathedral Parish, is a freelance writer with degrees in English literature and intercultural ministry. Find more of her writing at shemaiahgonzalez.com.
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Shemaiah Gonzalez, miembro de la parroquia de la Catedral de Saint James, es escritora independiente con diplomas en Literatura inglesa y Ministerio Intercultural. Puedes encontrar más de sus redacciones en: shemaiahgonzalez.com.

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