¿Hasta cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo?

¿Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para siempre?
¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro? (Salmo 12,2)
Han pasado días, semanas y meses, viviendo afligido
por la sombra constante de una pandemia
que nos enferma, nos aísla, nos asusta y nos quita la vida.
Prisionero de un confinamiento;
alejado de mis seres queridos;
viendo a quienes más quiero, enfermos haber caído.

¿Hasta cuándo andaré angustiado,
con el corazón en un puño día y noche? (12,3a)
Temo caer enfermo y llegar a faltar a mis hijos.
Temo más que enfermen mis padres y no pueda correr en su auxilio.

¿Hasta cuándo me someterá el enemigo? (12,3b)
¿Hasta cuándo viviremos aislados?
¿Hasta cuándo podré abrazar a mi amigo?
¿Hasta cuándo podré mirar sin recelo
al hermano que se cruza conmigo?

¡Mira, respóndeme, Señor y Dios mío!
Da luz a mis ojos, no me duerma en la muerte. (12,4)
Aunque sé que mi meta es el cielo,
en la vida sagrada que tú mismo me has dado
tengo deberes con quienes más amo,
con aquellos que más me necesitan.

No diga mi enemigo: “¡Le he vencido!”,
no se alegre mi adversario al verme vacilar. (12,5)
Ese enemigo que lanza sobre mí
saetas de miedo, de incertidumbre, de angustia y de tristeza.
Que me acecha con su aguijón ponzoñoso
para encumbrar su corona al verme caído.
Ese adversario con quien diario convivo,
que irresponsable y egoísta
me fuerza a tomar acciones
que sé que me ponen en riesgo indebido,
abusando de su autoridad y de sus fines mezquinos.

¿Hasta cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo?
Escucha ya mi clamor afligido.
Extiende tu diestra poderosa
y aquieta la tormenta que sacude las aguas.
Ordena ya, con tu voz que descuaja los cedros del Líbano,
que esta enfermedad se aleje y no cause más daño.

Aun en medio de esta tribulación, que parece sinsentido,
a pesar de mis miedos y a pesar de mí mismo,
recurro, como siempre, a ti con gran confianza.
Pues yo confío en tu amor,
en tu salvación goza mi corazón. (12,6a)
Mi corazón que confía siempre en el tuyo.
Porque sé que tu mano providente
es movida por tu infinita misericordia.
Porque más de una vez he sentido tu amor sin medida.

Dura es la prueba porque estoy pasando.
Largos son los días e interminables las semanas.
Pero sé que la permites, en tu misterio infinito,
por mi propio bien y también el de mis hermanos.

Concédeme, pues, paciencia y serenidad para resistir hasta el final.
Dame sabiduría para saber discernir cuál es tu voluntad.
Dame fortaleza para convertirme hacia ti
y que esta dura prueba no sea en vano al final.
Concédeme humildad para aceptar siempre tu santa voluntad.
Y permíteme, de nuevo, sentarme con mis hermanos a la mesa de tu Hijo
y alimentarme de su cuerpo y de su sangre en su banquete bendito.

Podré entonces exclamar:
¡Al Señor cantaré por el bien que me ha hecho,
tañeré en honor del Señor, el Altísimo! (12,6b)

Amén.

¡Apasiónate por nuestra fe!

Noroeste Católico - Octubre 2020

Mauricio I. Pérez, miembro de la Parroquia de Sta. Mónica en Mercer Island, es periodista católico. Su sitio web es www.semillasparalavida.org.

Website: www.semillasparalavida.org