¿Hemos dejado de creer en la Eucaristía?

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Sobre la falta de fe en la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía en Estados Unidos

Escribo en un restaurante. A mi derecha, comparten mesa cuatro preparatorianos. Más allá, un papá con tres pequeños. Frente a mí, un matrimonio de edad avanzada. A mi izquierda, cenan y conversan dos jovencitas.

Cada uno ha llegado a la mesa luego de haber escrito una página más en el libro de la vida que Dios le ha regalado. Historias distintas convergen esta noche por una razón que compartimos todos: tenemos hambre y debemos alimentarnos. Todos vienen acompañados porque la comida es un pretexto para saciar otra necesidad fundamental, sentirse acompañados. Alimentarnos y no sentirnos solos. Reunirnos para compartir: la mesa, el pan, la charla, nuestro tiempo. Compartirnos a nosotros mismos.

Reunirnos para comer convierte el acto animal de alimentarse para sobrevivir, en un acto humano. Nutrimos nuestro cuerpo con el pan y alimentamos nuestro espíritu con la compañía y la conversación.

El Hijo de Dios hecho hombre conoce bien esas dos necesidades vitales para el ser humano: alimentarse y compartir con alguien más. Ha querido hacer de ellas el sacramento más sublime: la Santa Eucaristía. Un banquete en el que Él mismo es anfitrión y alimento. Nos congrega en su mesa y nos sirve un pan convertido en su cuerpo y una copa de vino convertida en su sangre por el Espíritu Santo. Alimento que no se consume en lo individual, sino en comunidad. Sacramento en que nos reunimos para compartir, para darnos a nosotros mismos y así, hacer Iglesia, formando el Cuerpo Místico de Jesucristo.

Jesús quiere saciar nuestra hambre dándose en alimento que da vida eterna y provoca una comunión personal con Él. Sacia nuestra necesidad de sentirnos acompañados congregándonos en Iglesia, provocando la comunión comunitaria de su Cuerpo Místico.

Un banquete que celebra el Sacrificio Eucarístico del Hijo de Dios que muere en una cruz por el perdón de nuestros pecados y que resucita para que tengamos vida eterna. Como sacramento, la Eucaristía es un signo sensible de Dios invisible. Cristo quiere dejarnos claro que penetra en nosotros y por eso, se nos da como alimento que debemos ingerir. Tan grande es su amor, que se nos da Él todo: cuerpo, sangre, alma y divinidad, en ese milagro de amor tan infinito en que Dios se hace pequeño, tan sencillo y tan humilde, para entrar en nosotros.

Tristemente, no todos le creen a Jesús cuando nos asegura, “Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre”. Una reciente encuesta del Centro de Investigaciones Pew revela que, en Estados Unidos, el 76 por ciento de los católicos (7 de cada 10) no cree en la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía. Los católicos hispanoparlantes en este país reportan aún menos fe, siendo 79 por ciento (4 de cada 5) quienes creen que el pan y el vino consagrados son solo símbolos de Jesús.

El domingo siguiente a la publicación de dicho estudio escuché en la homilía, “Ya lo sabíamos. No hay motivo para preocuparse”. ¡Casi me desmayo! ¡Tenemos bastante de qué preocuparnos! Negar la Presencia Real pudiera llegar incluso a ser una herejía. Ese desinterés de muchos sacerdotes en tomar cartas en el asunto desde hace 20 años, cuando sumaban ya 50 por ciento los católicos no creyentes en la Eucaristía en este país; una mala catequesis junto a la pobre formación de catequistas; y la proliferación de abusos litúrgicos que han dado al traste con la reverencia ante el Sacrificio Eucarístico, han contribuido a esta falta de fe en el sacramento que debiera ser “centro y culmen de toda vida cristiana”. (Lumen Gentium 11)

Los tres de cada 10 que sí creemos que Cristo está presente en ese pan y en ese vino, debemos esforzarnos más que nunca, bajo la dirección de nuestros pastores, en mejorar la catequesis eucarística. Debemos dar testimonio contundente y convincente, con nuestra reverencia ante el Santísimo, sobre todo en la Santa Misa, de que Cristo es real y está presente.

¡Apasiónate por nuestra fe!

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Noroeste Católico – Octubre 2019

Mauricio I. Pérez

Mauricio I. Pérez, a member of St. Monica Parish on Mercer Island, is a Catholic journalist. His website is www.seminans.org.

Website: www.seminans.org