Semillas de la Palabra - ¿Qué nos impide ser misericordiosos?

St. James Cathedral, Seattle. Foto: M. Laughlin St. James Cathedral, Seattle. Foto: M. Laughlin

¿Por qué las buenas personas dejan de ser misericordiosas cuando más se necesita?

Todos conocemos la parábola del hombre que fue asaltado y dejado medio muerto en el camino y el buen samaritano que lo ayudó. Solemos fijarnos en el modelo del samaritano. Perteneciendo a un pueblo odiado por los judíos, es sorpresivamente quien socorre al medio muerto (Lucas 10,25-37).

Pero no acostumbramos detenernos a entender a los primeros dos que pasaron por el camino y mirándolo, se hicieron a un lado y continuaron su camino: un sacerdote primero y un levita después.

El ejemplo del samaritano es una lección de misericordia. No solo le brinda al medio muerto sus bienes: le presta su montura, lo unge con su vino para desinfectarlo, le paga una posada y le deja dinero al posadero. También le da lo más valioso para la mayoría: su tiempo personal. Se detiene, él mismo lo cura, él mismo lo conduce a la posada y ahí él mismo lo cuida por un tiempo.

Pero insisto, vale la pena entender también qué frenó a los otros dos a ser misericordiosos con alguien que se moría en el camino. Después de todo, se trataba de hombres buenos. Uno era incluso sacerdote. El otro pertenecía a la tribu de Leví, de la cual provenían todos los sacerdotes del Pueblo de Israel.

La religiosidad que coarta la misericordia

Sin duda el sacerdote se conmovió ante el hombre medio muerto. Había sido golpeado y se desangraba. Seguramente que la siguiente vez que fue al templo, el sacerdote oró a Dios por él y le pidió que lo ayudara y le salvara la vida. Pero ¿de qué sirve la plegaria cuando nuestras manos no ayudan teniendo la oportunidad ante nosotros?

El sacerdote prefirió hacerse a un lado y seguir su camino porque si tocaba al medio muerto quedaría impuro, según las reglas que los judíos se habían inventado. Estando impuro, no podría más entrar al templo hasta que siguiera los debidos rituales de purificación. Y él era sacerdote ¡necesitaba entrar al templo! De modo que la religiosidad del sacerdote le impidió ser misericordioso.

Es impactante notar cómo la religiosidad de un hombre bueno lo frena a ser misericordioso con quien más lo necesita ¡El otro estaba muriéndose en el camino! Qué triste cuando las reglas religiosas creadas por los hombres nos ponen un grillete que nos frena para ser misericordiosos según la ley de Dios y las enseñanzas del evangelio.

Las buenas costumbres que coartan la misericordia

Por venir de su tribu todos los sacerdotes, los levitas eran vistos con una particular dignidad. No obstante, este levita de la parábola tampoco quiso tocar al medio muerto. Tampoco quería quedar impuro. De hacerlo, no podría acercarse a los demás hasta no pasar también por los debidos rituales para purificarse.

Pero ¿qué era lo que daba impureza a quien tocara a una persona herida? Nada más que las reglas impuestas y los convencionalismos sociales. Y así, motivado — o desmotivado, mejor dicho — por las reglas sociales, prefiere el levita fingir que no sucede nada y seguir de lado dejando al otro muriéndose. Y es que romper las reglas sociales nos hace quedar mal con los demás. Ya no nos ven bien y eso no nos gusta.

Qué triste cuando por quedar bien con otros, dejamos de hacer el bien a quien más lo necesita. Qué triste cuando las reglas sociales nos impiden ser misericordiosos.

Señor, no permitas que cometamos el sacrilegio de amordazar el corazón con el pretexto de ser muy religiosos y muy bien educados. Ayúdanos a ser ante todo misericordiosos como nuestro Padre celestial es misericordioso.

 ¡Apasiónate por nuestra fe!

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Noroeste Católico – mayo 2016

Mauricio I. Pérez, miembro de la Parroquia de Sta. Mónica en Mercer Island, es periodista católico. Su sitio web es www.semillasparalavida.org.

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