Las palabras importan

Debo ser honesta. Tengo un problema.

Bueno, en realidad, eso es lo que decimos a veces en vez de llamarlos pecados. Así que comenzaré de nuevo. Hay un pecado que me causa problemas.

Digo malas palabras, uso un lenguaje horrible. A menudo.

Estas palabras brotan de mi boca más que nada cuando estoy conduciendo, cuando los coches se ponen en frente mío o no me permiten ir a donde yo deseo ir. Pero también surgen cuando estoy en la cocina, preparando la cena y me quemo sin querer un poco la mano — o incluso si apenas salpico un poco de salsa de tomate en mi blusa. Uso estas palabras cuando estoy contando una historia y quiero ser más original o conseguir una buena reacción de mi público.

Me digo a mí misma (y a otros) que soy escocesa, galesa, o de descendencia mexicana — todas personas muy fogosas, apasionadas. O que solía ser pelirroja, antes de que mi cabellera se volviera un lindo color caoba.

O me valgo de dichos para justificar mi pecado. “Se dice que las mujeres que dicen malas palabras son más inteligentes”. O que “¡las personas que dicen malas palabras tienen mayor tolerancia al dolor!”

Pero mi Dios dice que solo aquello que es bonito debe salir de mi boca.  

San Pablo escribe: “Ninguna palabra corrupta salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. (Efesios 4, 29). En otras palabras, cuida la forma en que hablas. El lenguaje grosero y maleducado no debería salir de tu boca. Cada palabra es un regalo.

Me he criado de manera relajada y poco cuidadosa. Las palabras que salen de mi boca no son regalos de la gracia, sino que cortan, laceran, apuñalan y hieren. A veces la víctima es la persona para las cuales pronuncié esas palabras — el conductor, el extraño en la calle. A veces quienes las escuchan de refilón — mis amigos, mi esposo, mis niños. Y a veces soy yo la víctima de estas palabras que me desconectan de Dios y no me permiten experimentar su gracia en mi vida.

San Pablo dice que ahora que estamos unidos en Cristo, debemos despojarnos de quienes éramos y de las viejas costumbres, “…ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia.” Cuando nos ponemos ese nuevo ser, la paz de Cristo controla nuestros corazones y estamos llenos de “compasión, amabilidad, humildad, suavidad y paciencia, acompañándonos y perdonándonos mutuamente” (Colosos 3,8-13).

Lo que sale de mi boca refleja lo que está en mi corazón. Con estas palabras pútridas, soy yo quien controla mi corazón, no Cristo.

Este año, durante la Cuaresma, época de renovación espiritual, voy a hacer “ayuno de malas palabras”.

Voy a ponerme mi nuevo ser, un nuevo ser que es considerado con las palabras que se deslizan de su boca. Voy a permitir que la paz de Cristo controle mi corazón y mi lengua, en vez de mis deseos egoístas. No será fácil.

Pero mis palabras serán un regalo — una gracia.

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Noroeste Católico – Marzo 2020

Shemaiah Gonzalez

Shemaiah Gonzalez, a member of St. James Cathedral Parish, is a freelance writer with degrees in English literature and intercultural ministry. Find more of her writing at shemaiahgonzalez.com.
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Shemaiah Gonzalez, miembro de la parroquia de la Catedral de Saint James, es escritora independiente con diplomas en Literatura inglesa y Ministerio Intercultural. Puedes encontrar más de sus redacciones en: shemaiahgonzalez.com.