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Orando cuando Dios calla

La oración es un diálogo con Dios, un “compartir de cerca entre amigos”, dijera Sta. Teresa de Jesús. Abrimos nuestros corazones a Dios y dependemos de su respuesta. Nuestra existencia misma depende de la Palabra de Dios, por la cual “todo fue creado” (Juan 1,3). ¿Qué hacer entonces cuando nuestras peticiones más urgentes no reciben respuesta? ¿Cómo orar cuando Dios calla?

El silencio de Dios puede ser aterrador. En el Antiguo Testamento, lo peor que podía suceder a Israel era experimentar el silencio de Dios. El profeta Amós advertía, “Enviaré hambre al país. Hambre no de pan, sino de oír la Palabra de Dios” (Amós 8,11-12). Sin la Palabra de Dios, nuestra vida se marchita.

Todos hemos experimentado el inexplicable silencio de Dios ante nuestra súplica acuciante: ¿Por qué tanta hambre, guerras, sangre y maldad? ¿Por qué prosperan los malvados? ¿Por qué sufren quienes amamos? ¿Por qué Dios calla? ¿Es que se hace sordo a nuestras quejas?

El silencio de Dios puede ser extenuante, por lo que debemos estar preparados, pero ¿cómo?

Cuando los discípulos pidieron a Jesús, “Señor, enséñanos a orar”, Él les enseñó primero el Padrenuestro y luego esta parábola:

“Imaginaos que uno de vosotros tiene un amigo y acude a él a medianoche, diciéndole: ‘Amigo, préstame tres panes, porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle’, y el otro, desde dentro, le responde: ‘No me molestes. La puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme a dártelos.’ Os aseguro que, si no se levanta a dárselos por ser su amigo, se levantará para que deje de molestarle, y le dará cuanto necesite.” (Lucas 11,5-8)

La lección clara es: Continúa orando.

En ocasiones, el silencio de Dios nos tienta a abandonar la oración desesperanzados. En esos momentos, debemos mirar a la cruz, donde Cristo mismo sintió el silencio de su Padre hasta gritar, “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 24,46).

Oración de reclamo y, a la vez, de confianza. Incluso al borde de la muerte, en la hora más oscura del mundo, Jesús continuó invocando a su Padre en la oración, como había hecho toda su vida. Es así que, como dice Lucas, Jesús pudo exclamar con su último aliento, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23,46).

Que los silencios de Dios aviven tu fe y puedas pronunciar la oración confiada de Jesús, “En tus manos, Padre, encomiendo mi vida”.

¡Apasiónate por nuestra fe!  

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Noroeste Católico – Enero/Febrero 2020

Mauricio I. Pérez, miembro de la Parroquia de Sta. Mónica en Mercer Island, es periodista católico. Su sitio web es www.semillasparalavida.org.

Website: www.semillasparalavida.org
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