Polvo serán, mas polvo enamorado

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Abrazando con amor la penitencia del tiempo cuaresmal

La Cuaresma es uno de los tiempos fuertes en el año litúrgico. No es para menos: iniciamos recordando tangiblemente que polvo somos y al polvo volveremos y tenemos como faro y destino en el horizonte una cruz en el Calvario. Tomarse en serio este principio del viaje espiritual por excelencia, así como su destino, es razón para estremecerse. Por valientes o piadosos que nos creamos, nos asusta la realidad de que un día hemos de morir.

La cruz de Jesús en Viernes Santo, al final de este trayecto, es paradójicamente gloriosa. La máxima manifestación del amor del Hijo de Dios por nosotros, pero una expresión cruel y despiadada en que, Aquel que es el Amor es brutalmente flagelado, coronado con espinas sin misericordia, clavado en una cruz con fuerza y sin piedad para, después morir, no de un dolor que recorre el cuerpo por los músculos y tendones como descargas eléctricas, ni de la cantidad de sangre derramada a veces a gotas y a veces a chorros, ni de la deshidratación bajo el calor reseco, sino de la asfixia angustiante que roba el último suspiro a un crucificado.

Estar de pie ante la Cruz en Viernes Santo y contemplarla tal cual es, sin la belleza estilística de las cruces del altar, sino con la cruda realidad del suplicio más terrible conocido en tiempos de Cristo, requiere de valor y de entereza. Sin ellos, es inevitable desviar la mirada y ver hacia otro lado. ¿Cómo sostenerle la mirada al buen Jesús mientras agoniza por mi salvación cuando sé muy bien lo que mi vida ha sido hasta este momento? ¿Cómo ver su sangre brotando de su frente, de sus manos, de sus pies y de su espalda cuando yo no dejo de quejarme de las penas que me afligen y que, a su lado, no son nada?

La cruz verdadera impone y da miedo. Pero esa cruz que nos aterra es la condición para ser cristianos. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. (Mateo 16,24) La cruz pesa, duele, intimida, avergüenza, derriba. Cargarla es una penitencia.

En los albores del Concilio Vaticano II, el Papa Sn. Juan XXIII exhortaba a la Iglesia a “dar a la penitencia verdadera y eficaz el puesto que le compete según la vocación y condición de cada uno. … Solamente así, en esta luz, el hombre se descubre a sí mismo, viene a conocer sus arduos e inaplazables deberes y se determina a practicar generosamente la penitencia entendida como amor a la cruz”.

Es en la penitencia que el hombre se descubre así mismo. Es enfrentando aquello que nos pesa, que nos roba el sueño, que nos avergüenza, que nos duele, aquello incluso que nos va robando la vida, que descubrimos quiénes somos en realidad: vasijas de barro. Hasta la palabra humano significa hecho del polvo del suelo. Estamos hechos de un barro frágil que se resquebraja una y otra vez.

Pero no olvidemos que nuestra vasija fue modelada por el Divino Alfarero. Y así como paradójica resulta la cruz al final del camino, el inicio del mismo resulta igualmente paradójico. Somos polvo y al polvo volveremos. Pero un polvo con el cual el Alfarero nos creó. Un polvo con el cual resana las cuarteaduras de nuestra alma. Un polvo con el cual rellena los huecos por donde se nos escapa la vida cuando nuestra vasija se quiebra. Un polvo al cual Dios es capaz de soplar para transmitir su Espíritu que da vida, que da amor, que nos hace ser semejantes a nuestro Creador y que permite que aunque la cruz marque el final del camino, no sea el final de la historia. Porque la muerte en la cruz es el final del camino, pero no el final de la historia. Tres días después encontraremos un sepulcro vacío y la resurrección a la vida eterna.

Siguiendo el consejo de Sn. Juan XXIII, esta Cuaresma vivamos con pasión nuestra penitencia entendiéndola como amor a la cruz. Que de cada uno de nosotros se pueda reconocer “serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado”. (Francisco de Quevedo, Amor constante, más allá de la muerte)

¡Apasiónate por nuestra fe!

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Noroeste Católico – Marzo 2019

Mauricio I. Pérez

Mauricio I. Pérez, miembro de la Parroquia de Sta. Mónica en Mercer Island, es periodista católico. Su sitio web es www.semillasparalavida.org.

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