Semillas de la Palabra - El Padre que ama como una madre

Comprendiendo el amor entrañable de Dios

Por Mauricio Pérez

madre y bebé
Foto: Shutterstock

“Sión decía, ‘YHWH me ha abandonado y el Señor se ha olvidado de mí’. Pero, ¿puede una mujer olvidarse del hijo que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque alguna lo olvidase, yo no me olvidaría de ti”. (Isaías 49,14-15)

Con estas palabras, Dios describe a través de su profeta Isaías la esencia de su amor por su pueblo: amor fiel e invincible, amor que nunca olvida. Sin embargo, para quien lee con detenimiento, una idea sorprende: Dios es Padre, mas explica su amor comparándose con el amor de una madre por el hijo de sus entrañas. ¿Por qué?

Estos versículos de Isaías afirman en esencia que el amor de Dios es misericordioso. Para comprender el amor de Dios es preciso entender el sentido de la palabra “misericordia”. Conviene remontarnos al hebreo y notar que en esta lengua, misericordia se dice rahamim. A su vez, este vocablo proviene del hebreo rehem que signfica “útero”, el “seno materno”. Cuando leemos estos versículos de Isaías en su original en hebreo, encontramos esta palabra rehem cuando Dios habla del “hijo de su rehem”.

La palabra “misericordia” en hebreo proviene entonces del concepto del seno materno. Es innegable que no hay amor más profundo que el de una madre cuando lleva un bebé en su seno. Madre e hijo comparten en el seno materno el vínculo más estrecho. Sabemos por la ciencia que desde lo recóndito del seno materno, el bebé come lo que su madre come, el bebé oye lo que su madre oye, incluso el bebé sufre lo que su madre sufre. De ese vínculo surge de la madre un amor totalmente gratuito por su hijo que hasta constituye una necesidad interior: es una exigencia del corazón.

No hay pues amor más estrecho, más profundo, más entrañable, que el amor de una madre por el hijo que lleva en sus entrañas. Y es con este amor entrañable, que Dios ama a sus hijos. La misericordia (rahamim) que brota del seno materno (rehem) implica una escala de sentimientos, entre los que están la bondad y la ternura, la paciencia y la comprensión, la disposición a perdonarlo todo.

Así, Dios es el Padre que nos ama con el amor de una madre. Es por ello que nunca se olvida de nosotros. Es por ello que siempre nos perdona. Es por ello que siempre nos comprende aunque no sepamos expresarle muchas veces lo que agobia nuestro corazón.

Para quienes somos padres o madres, haber comprendido el amor misericordioso de Dios nos deja una tarea específica: A los padres, amar a nuestros hijos de la misma manera que nos amó nuestra propia madre. A las madres, dar a sus hijos un amor tal que puedan ellos a su vez transmitir a sus propios hijos más adelante. De esta manera, a través de nuestro amor, nuestros hijos gozarán del amor entrañable y misericordioso de Dios por todos nosotros.

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Mauricio I. Pérez, un miembro de la Parroquia de Sta. Mónica en Mercer Island, es un periodista católico. Su sitio web es www.semillasparalavida.org.

NOROESTE CATÓLICO – mayo 2014

Mauricio I. Pérez, miembro de la Parroquia de Sta. Mónica en Mercer Island, es periodista católico. Su sitio web es www.semillasparalavida.org.

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