Ser sal que sale y luz que brille

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Jesús nos exhorta a ser sal de la tierra y luz para el mundo

“Ustedes son la sal de la tierra, pero si la sal se desvirtúa, será arrojada y pisada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo. … Así ha de lucir su luz ante los hombres, para que, viendo sus buenas obras, glorifiquen a su Padre que está en los cielos.” (Mateo 5,13-14.16)

Junto con las Bienaventuranzas y el Padrenuestro, la perícopa de la Sal y la Luz forma parte del Sermón del Monte, que por su capital importancia, consideramos “la Carta Magna de la Iglesia”. Por tanto, esta exhortación de Jesús a ser sal y luz tiene carácter de obligatoriedad suprema. Pertenece a nuestra “constitución” por así decirlo. Conviene comprender su sentido. ¿Qué significa ser sal de la tierra? ¿Qué implica ser luz del mundo?

Ser sal de la tierra

El pueblo de Dios empleaba la sal religiosamente para purificar las ofrendas que se ofrecían en sacrificio. En la vida cotidiana, la sal era empleada para sazonar los alimentos, pero también para preservarlos, de la misma forma que hoy en día preservamos el bacalao o la cecina. La sal significa pues: purificación, sazón y preservación. Al llamarnos a ser “sal de la tierra”, Jesús nos invita primero que nada a purificar la tierra en que vivimos con el fin de hacer de ella un lugar sagrado. También nos pide preservar la fe, manteniéndola siempre viva a través de nuestras obras y de nuestro testimonio. A través también de defenderla de los errores. Por supuesto, Jesús quiere también que sazonemos la vida con un sabor cristiano. Esto se hace dando un testimonio que haga que, con nuestra vida, a los demás se les antoje ser cristianos, así como se antoja un platillo sabroso. Pensemos en una bolsa de papas fritas, que por su sal, resulta imposible comer solo una.

Pero tengamos cuidado. Jesús advierte que si la sal pierde su sabor, de nada sirve y será pisoteada. Si nuestra vida cristiana es insípida, ¿a quién se le antojará? Una fe que no cree y confía en Dios, sino que es más bien supersticiosa; una oración que no dialoga con el Señor sino que demanda caprichos; una misa que no se vive con ardor sino a la que se asiste por cumplir con el precepto, ¿qué puede tener de sabrosa? ¿A quién se le antojará? Por otro lado, cuando se agrega sal en exceso a los alimentos, en vez de resultar sabrosos, se amargan. El exceso de sal amarga los alimentos. Igualmente, la fe exagerada acaba por hostigar a los demás. La vida escrupulosa y mojigata así como las obras piadosas en exceso, lejos de ser atractivas, hostigan y acaban por repugnar y alejar a los demás.

La sal debe emplearse pues, en la justa medida. Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre. Solo la vida cristiana auténtica y basada en la verdad resulta sabrosa, purifica la tierra y preserva la fe en Cristo.

Ser luz del mundo

La luz sirve para iluminar y extinguir las tinieblas. La oscuridad conlleva incertidumbre, temor, angustia, dolor, confusión y error. Jesús quiere que seamos luz para el mundo, que llevemos certeza a los que dudan, aliento a los que temen, consuelo a los que sufren y la Verdad a los que están en el error. Esta luz debe brillar, según Jesús, en nuestras buenas obras. Y es que la palabra convence, pero el ejemplo arrastra.

En ese mismo Sermón del Monte, Jesús nos enseña las bienaventuranzas. Es viviendo las bienaventuranzas que nuestra vida será luz para el mundo y extinguirá las tinieblas, y así los hombres glorificarán al Padre que está en los cielos.

¡Apasiónate por nuestra fe!

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Noroeste Católico – Abril 2018

Mauricio I. Pérez

Mauricio I. Pérez, a member of St. Monica Parish on Mercer Island, is a Catholic journalist. His website is www.seminans.org.

Website: www.seminans.org