Soñar despierto con Dios

A veces me gusta sentarme y soñar despierta con Dios. Puedo estar debajo de un árbol en un parque, mirando las sombras entre las hojas, o en mi oficina, escuchando la lluvia golpear contra mi ventana, o incluso al volante de mi coche en un estacionamiento, rodeada de gente cargando sus vehículos con compras del supermercado.

Me gusta imaginarme cómo es Dios. ¿Cómo son sus ojos, tendrá arrugas y tendrá la mirada cansada, o serán como los de un niño de mirada vibrante? ¿Será que lo reconocería? ¿Cómo será que se ríe? ¿Qué partes de mí son las más parecidas a Él?

Pienso en momentos en los que sentí a Dios tan cerca, que juraría haber sentido su respiración. Como las veces que fui a caminar sola por los senderos del Cañón de Gorge, la dulce fragancia de los árboles y el incesante sonido de los saltos de agua alrededor mío. Recuerdo que seguí mirando detrás de mí, pensando que vislumbraría su cabeza, su espalda, su gloria. O, estando sola en mi habitación, tantos años atrás, mis ojos llenos de lágrimas, pañuelos de papel apilados a mi lado, cuando sentí su consuelo, como un viejo suéter arropándome.

Cuando paso tiempo así, soñando despierta en oración, me abruma una felicidad parecida al amor, a la paz, a la esperanza.

Me apego a estos destellos de gloria, mis propias pequeñas vivencias y aquellas sobre las cuales leí y que me impresionaron como si hubiera estado allí. Moisés en el Monte Sinaí vislumbrando la silueta de Dios; cubriéndose el rostro con un velo, porque brillaba tan resplandeciente, reflejando Su gloria. 

O Elías esperando que Dios se revelara. Y cuando lo hizo, no fue en forma de temblor de la tierra, llamarada de fuego o ráfaga de viento. Dios se reveló con una pequeña voz. Cuando Elías la oyó, como Moisés, cubrió su rostro con su manto.

Moisés y Elías, ambos estuvieron presentes durante la Transfiguración, cuando el rostro de Jesús resplandeció como el sol, y su ropa se volvió blanca como la luz. Y luego, la mañana de Pascua, cuando la apariencia de Jesús fue como de un rayo, su ropa blanca como la nieve y nuestras almas sintieron su valía.

No conozco las profundidades de Dios, pero a veces me llega un destello de su gloria. Estas chispas se revelan en los más pequeños momentos, en la amabilidad inesperada de un extraño, en la risa de un niñito, o cuando mi pastor levanta la Eucaristía y nos miramos maravillados o nos cubrimos el rostro en asombro.

El monje trapista Thomas Merton escribió: “la esperanza está en lo que los ojos jamás vieron…en lo que la mano humana jamás ha tocado. No me permitan confiar en lo que puedo sujetar entre mis dedos”.

Vuelvo a estas imágenes, capturadas con el rabillo de mis ojos o como un relámpago, moviéndose de Luz a Luz, cada una acercándome más a Dios. No descansaré hasta que vea a Dios en todo Su esplendor — hasta conocer plenamente la intensidad de su resplandor.

Esa es mi esperanza, y la esperanza no desilusiona.

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Noroeste Católico – Abril 2020

Shemaiah Gonzalez

Shemaiah Gonzalez, a member of St. James Cathedral Parish, is a freelance writer with degrees in English literature and intercultural ministry. Find more of her writing at shemaiahgonzalez.com.
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Shemaiah Gonzalez, miembro de la parroquia de la Catedral de Saint James, es escritora independiente con diplomas en Literatura inglesa y Ministerio Intercultural. Puedes encontrar más de sus redacciones en: shemaiahgonzalez.com.