¿Cuál es el pecado más grave de todos?

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P: ¿Cuál considera usted que sea hoy el pecado más grave en la vida de la gente?

R: Es difícil decir que hay un pecado determinado que sea a la vez el más grave y el que se comete con más frecuencia por la mayoría de las personas en estos días. Por nuestra naturaleza caída, experimentamos la debilidad y la tentación de formas distintas.

Dicho esto, mi opinión es que el pecado de la soberbia es tal vez el más frecuente y el más grande obstáculo que enfrentamos en nuestra sociedad. La soberbia no es nada nueva para la humanidad. El Libro del Génesis relata cómo la soberbia es en realidad el primer pecado fundamental cometido en la humanidad en el Jardín del Edén cuando Adán y Eva quisieron “ser como Dios”. Sto. Tomás de Aquino pensaba que la soberbia era un pecado especial, debido a un deseo desordenado de alcanzar la excelencia personal, haciéndonos despreciar la ley de Dios y dando lugar a los demás vicios (Cf Suma Teológica II-IIae, p. 162, r. 2)

Por lo común, entendemos la soberbia como la tendencia a creernos más de lo que somos en realidad. Según esta idea, la gente soberbia es aquella que continúa creyéndose más grande de lo que es, más importante de lo que es, o que se atribuye el crédito de cosas que no logró.

A la luz de estas tendencias, bien haríamos en recordar la enseñanza de Sn. Antonio de Padua: “Atribuye a Dios cada bien que has recibido. Si tomas el crédito de algo que no te pertenece, serás culpable de haber robado”. La humildad es la virtud que nos ayuda a vencer las tendencias soberbias. Sn. Antonio continúa valorando el poder de la humildad: “El espíritu de la humildad es más dulce que la miel, y aquellos que se nutren de su miel producen dulces frutos”.

Sin embargo, la humildad es una virtud mal entendida. Algunos piensan que significa tener una visión degradada de uno mismo, como si la humildad fuera igual a tener una imagen pobre. Eso no es verdad. La humildad significa tener una visión honesta, veraz y equilibrada de uno mismo. Tal autopercepción nos recuerda siempre que somos “polvo del suelo” llenos del don de la vida de Dios. (Génesis 2,7). Es interesante que la palabra humildad proviene del latín humus, que significa suelo, un recordatorio constante de nuestra identidad fundamental: criaturas bendecidas por Dios.

Esta autopercepción honesta y veraz de nuestra identidad nos llevará a dar a Dios crédito y alabanza por cada momento de nuestra vida y por la vida misma. También nos llevará a servir a Dios como nuestro Creador y a someter nuestras vidas al Señor.

Existe otro tipo de soberbia que me parece que daña en especial a muchos en estos tiempos. Es una soberbia que no se basa en afirmaciones falsas de grandeza, sino más bien en una sobrevaloración de la debilidad o de las fallas personales.

Es la soberbia de creer que el pecado personal es mayor que la misericordia de Dios. Esta actitud nos lleva a un defecto en nuestras almas conocido como pusilanimidad, la tendencia a aferrar nuestra opinión sobre nosotros mismos como incompetentes para aquellas cosas para las que somos en realidad capaces (Cf Suma Teológica II-IIae, p. 133, r. 1)

Este tipo de soberbia puede también conducir a las personas a creer que deben ser autoras de su propia salvación. Es a fin de cuentas esta idea la que más separa a la gente del amor de Dios, de su perdón y de su gracia, porque las lleva a creer que no son dignas de la presencia de nuestro Señor ni de su misericordia.

Esta sobrevaloración de las fallas personales puede conducir a la desesperación y dar lugar a la falsa percepción de que estamos determinados por nuestro pecado más grande. Esta mentira siempre proviene del Maligno que nos acusa de nuestras fallas e intenta persuadirnos de que Dios no puede ni perdona a alguien que ha pecado de tal forma. (Cf Juan 8,44; Apocalipsis 12,10) Es este el pecado de Judas, quien creyó en esencia que no había poder en el cielo ni en la tierra que deshiciera el mal que había cometido y en su desesperación renunció a la esperanza en la posibilidad del amor y el perdón de Dios.

A veces, es esto lo que nos frena para hacer una confesión buena y honesta. Nosotros también creemos más en nuestro pecado que en el amor y la misericordia de Dios.

Cada vez que pensemos que somos los autores de nosotros mismos, para bien o para mal, hemos cometido el pecado de soberbia dejando poco espacio para Dios como nuestro Creador y Redentor.

Con Sn. Ignacio de Loyola, exclamemos siempre, “¡Dame esa humildad de corazón!”

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Noroeste Católico – Septiembre 2018

Bishop Daniel Mueggenborg

Daniel Mueggenborg is an auxiliary bishop of the Archdiocese of Seattle. Send your questions to editor@seattlearch.org.