¿Cómo controlar los celos por los demás?

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Identificando las mentiras que se infiltran y alimentan los celos y cómo rechazarlas

P: ¿Cómo puedo controlar los celos por los demás que brotan en mi corazón?

R: Los celos están fuertemente relacionados al pecado de la envidia, que Sto. Tomás de Aquino describía como la tristeza por el bien ajeno. Cuando hablamos de celos, usualmente nos referimos al resentimiento hacia otra persona cuando es bendecida, o a nuestro deseo desordenado de que esa bendición sea nuestra.

Los sociólogos han notado una interesante tendencia a la infelicidad en aquellos que se enganchan en las redes sociales. Una teoría sugiere que mientras más nos preocupamos por las buenas cosas en las vidas de otras personas, más insatisfechos estamos cuando esas mismas cosas no suceden en nuestra vida. Así, el descontento puede ser una señal de celos.

Debemos ser muy cuidadosos con los celos. Pueden dañar una amistad, destruir la felicidad personal y conducir a las naciones a la guerra. Como cristianos y discípulos, Jesús quiere que nos concentremos en Él y no nos distraigamos en preocupaciones superficiales que den lugar a los celos.

Los celos se alimentan de mentiras que se infiltran en nuestros pensamientos. Estas mentiras deben ser identificadas y rechazadas.

Mentira: Mi identidad se basa en lo que hago, en lo que poseo o en la percepción que los demás tienen de mí.

Verdad: Nuestra identidad más profunda y verdadera proviene del hecho de que somos amados por Dios. Cuando creemos que nuestra identidad y nuestra valía provienen de cosas superficiales como las posesiones o las percepciones de los demás, entramos entonces en una competencia sin fin para ver quién tiene más y lo mejor. Esa competencia da lugar a los celos y roba a las personas la paz y la felicidad. Puede tentarnos a la suspicacia, la difamación y la calumnia en un afán por ser nosotros mejores a expensas de otra persona. Cuando sabemos que la verdad de que nuestra identidad más profunda y verdadera proviene de ser amados por Dios, podemos entonces buscar ese amor por nosotros mismos y por los demás sin sentir celos.

Mentira: Satisfacer mis deseos me hará ser feliz.

Verdad: Este es el mito del hedonismo, y cuando creemos esta mentira nos hacemos esclavos de nuestras pasiones. La verdad es que nuestros corazones están hechos solo para Dios y siempre estarán inquietos hasta que descansen en Dios, como escribió Sn. Agustín en sus Confesiones. Cuando tratamos de llenar nuestros apetitos más profundos con cualquier otra cosa que no sea Dios, siempre quedaremos insatisfechos e infelices. En tal estado, la felicidad auténtica de otra persona puede irritarnos y molestarnos, en especial cuando esa felicidad brota de una vida profundamente enraizada en Cristo Jesús. En vez de sentirnos celosos en ese momento, deberíamos reconocer aquello como una gracia del Espíritu Santo que nos invita y anima a buscar una relación similar con Dios que ha conducido a esa otra persona a la plenitud y a una felicidad duradera. Aunque parezca una contradicción en nuestra cultura actual, en realidad nos hacemos más profundamente felices cuando sacrificamos nuestros propios deseos por amor a Dios y a nuestro prójimo y no cuando buscamos satisfacer nuestros deseos propios.

Tras rechazar estas mentiras destructivas, existen algunas verdades adicionales de las que debemos ser conscientes. Estas verdades nos permitirán tomar la iniciativa para resistir cualquier tentación de sentir celos.

La más grande de estas verdades es que cada uno de nosotros es bendecido por Dios de forma única y personal. Necesitamos ser conscientes de estas bendiciones y recordarlas constantemente. Es por lo que Sn. Pablo exhortaba a los cristianos de la Iglesia primitiva a agradecer al Señor por todas las cosas. (Cf. 1 Tesalonicenses 5,18) Es solo cuando somos conscientes de las múltiples bendiciones que Dios nos da que podemos tener la virtud de la gratitud, que siempre es un remedio contra los celos. Nuestras bendiciones pueden ser distintas a las de la persona de al lado. Aun así, son un signo del amor de Dios y de su bondad. Cuando ponemos atención en lo bendecidos que somos, surge de forma natural alabar y dar gracias al Señor por su maravilloso amor. Los celos no caben en un corazón agradecido.

Una última palabra de aliento para quienes sufren con los celos: Nunca conocemos por completo la vida de los demás. Lo que vemos en la superficie puede parecer grandioso… Pero lo que sucede debajo de esa superficie puede ser trágico en realidad. Nadie es perfecto y la vida de ninguno carece de preocupaciones. Como discípulos cristianos, Jesús nos pide orar para que todos conozcan y respondan al amor de Dios y así se conviertan en hermanos en la comunión de la Iglesia, que es su cuerpo místico. Así que cuando veas la bendición o la buena suerte de alguien, ora para que esto lo conduzca a una comunión más profunda con Dios y con su prójimo. Esto es lo que nos permitirá regocijarnos en el bien de los demás y no sentirnos celosos de ellos, como nos pide la caridad.

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Noroeste Católico - Junio 2018

Bishop Daniel Mueggenborg

Daniel Mueggenborg is an auxiliary bishop of the Archdiocese of Seattle. Send your questions to editor@seattlearch.org.