¿Por qué celebramos la Fiesta de Todos los Santos?

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P: ¿Por qué necesitamos una celebración aparte para “Todos los Santos”? ¿Acaso no cada santo ya tiene su fiesta particular?

R: Sí, es cierto que cada santo reconocido de forma oficial en la Iglesia Católica tiene un día particular en que es celebrado. Sin embargo, la lista de los santos reconocidos oficialmente (también conocida como el “canon de los santos”) no incluye a cada alma humana que comparte la vida eterna en comunión con Dios.

Sin duda que hay muchos hombres y mujeres desconocidos que vivieron en profunda comunión con Dios en su vida. (Cf Apocalipsis 7,9) Su decisión de aceptar el amor de Dios y de ser canales de ese amor para los demás les permitió gozar de las grandes riquezas de la gracia de Dios y su amistad. Creemos que la misericordia de Dios los une ahora a los santos y los ángeles en el cielo. Puede que nunca conozcamos sus nombres, pero continúan siendo nuestros hermanos en Cristo.

La solemnidad de Todos los Santos, celebrada el 1 de noviembre como fiesta de guardar, es el único día del año en que celebramos a estos santos varones y mujeres que son conocidos y desconocidos.

Los santos son uno con nosotros en la Iglesia porque los vínculos de nuestro bautismo son más fuertes que la misma muerte. Así, los santos siguen siendo miembros de la familia de Dios y fortalecen el cuerpo de Cristo. Cuidan de nosotros, oran por nosotros y continúan inspirándonos a vivir vidas santas y heroicas imitando sus ejemplos de amistad fiel a Jesús. Debido a su intercesión por nosotros, los santos son fuente de fortaleza para la Iglesia entera, en especial para nosotros cuando luchamos por vivir nuestra fe cada día aquí y ahora.

Es importante recordar que el Día de Todos los Santos no se centra en realidad en los santos mismos sino en el papel importante que juegan en la obra de la salvación como testigos de la eficacia de la gracia. Los celebramos porque ellos adoran a Dios en su presencia constante y juntan sus voces a las nuestra en un coro de intercesión por la misericordia de Dios.

Ya que perseveraron fielmente en medio de las pruebas de esta vida y ahora comparten en plenitud la vida celestial de Dios, nos referimos a los santos como miembros de la “Iglesia triunfante” porque comparten la victoria de Jesús, el Cordero de Dios. Esta designación ayuda a establecer tanto la relación como la diferencia con nosotros, la “Iglesia militante” (involucrada en la lucha cristiana por la fidelidad) y con las pobres ánimas del purgatorio, la “Iglesia purgante”, que experimenta la purificación del amor de Dios liberándolos de toda atadura al pecado. Juntos formamos una Iglesia y por esta razón oramos unos por otros como manifestación de nuestra fe común y nuestras obras espirituales de misericordia.

La Iglesia siempre ha sido consciente de esta unión agraciada y santa, y por esa razón, comenzó a profesar la creencia en la “comunión de los santos” como parte del primer símbolo de la fe que conocemos como Credo de los Apóstoles. La práctica de celebrar una fiesta común por todos los mártires se estableció en el siglo IV. Parte de esta celebración comunitaria era necesaria debido al número de mártires sin precedente ejecutados bajo el reino aterrador del emperador Diocleciano.

La fecha de esta celebración comunitaria en honor de todos los mártires estuvo conectada originalmente a la Pascua ya que los santos son aquellos que comparten la victoriosa resurrección de Jesucristo. El año 609 o 610 la celebración se fijó el 13 de mayo en conmemoración del traslado de los restos de varios cientos de mártires al Panteón cuando fue dedicado como iglesia cristiana recibiendo el nombre de Sta. María de los Mártires (que perdura hasta nuestros días). El Papa Bonifacio IV extendió esta celebración anual a la Iglesia universal.

La relación entre el martirio y la santidad fue enfatizada de forma hermosa por el Papa Gregorio I (590-604) en la “homilía de Cambray” irlandesa en que el martirio es descrito con colores: rojo (derramamiento violento de sangre), blanco (libertad espiritual) y verde o azul (penitencia y negación de uno mismo). La fecha actual del 1 de noviembre fue establecida por el Papa Gregorio III en el siglo VIII en conmemoración de una capilla que él había construido en la antigua Basílica de Sn. Pedro dedicada a todos los santos, dado que esa capilla contenía reliquias tanto de mártires como de quienes vivieron vidas heroicas de fe, pero no perdieron la vida por Cristo.

El papel importante de los santos en la vida de la Iglesia es evidente con la forma en que los primeros cristianos visitaban y oraban en la tumba de los mártires. El Día de Todos los Santos nos permite compartir esta devoción. Tan importante es nuestra comunión con los santos en nuestra vida diaria de fe que ha sido fiesta de guardar desde el año 835.

Al celebrar la solemnidad de Todos los Santos cada año, nos congregamos como una sola familia de Dios y nos reunimos con todos nuestros hermanos en la Iglesia, vivos y muertos, para alabar a Dios y darle gracias por su ministerio que nos da fortaleza, ánimo, inspiración e intercesión, al tiempo que acogemos el llamado a ser santos como nuestro Padre celestial es santo. (Cf Mateo 5,48)

Santos y santas de Dios, ¡rueguen por nosotros!

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Noroeste Católico – Noviembre 2018

Bishop Daniel Mueggenborg

Daniel Mueggenborg is an auxiliary bishop of the Archdiocese of Seattle. Send your questions to editor@seattlearch.org.