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La Madre de Dios y la tuya y la mía

Cada año, el 1 de enero la Iglesia celebra a María como la Madre de Dios. Es a través de María que Jesús se hizo carne, humano como nosotros.

Todos sabemos lo que es mirar a una persona y ver su parecido con sus padres. En un pueblo pequeño o en una comunidad parroquial, puede que no sepas el nombre de alguien, pero sabrás que pertenece a una familia específica. Así, Jesús era conocido como el nazareno (Mateo 2,23), como el hijo de María.

María, por la gracia de Dios, es la Madre de Jesús y, por ende, la Madre de Dios. Como la Madre de Dios, ella es la Madre de la Iglesia, y a través de nuestra adopción en Cristo (Gálatas 4, 4-7), ella también es tu Madre y la mía.

María caminó con Jesús. Ella lo alimentó, de pequeño lo vistió y le enseñó, con su propio ejemplo, la confianza en Dios y la obediencia a su voluntad. María acompañó a Jesús a lo largo de su vida, estuvo a su lado al pie de la cruz, fue testigo de su resurrección, estuvo presente en Pentecostés, y estuvo con los apóstoles durante los primeros días de la Iglesia.

Porque María también es nuestra Madre, ¡ella está así de presente para nosotros y con nosotros!

Ella camina con nosotros, ella toma nuestras manos, ella trae a Jesús a la tierra, ella nos conduce a Jesús.

Cuando contemplamos el rostro de Jesús, vemos el rostro de Dios y el rostro de María.

Vemos a Jesús como nuestro Salvador, a Dios como nuestro Padre y a María como nuestra Madre.

La proximidad de Dios en las personas de Jesús y María es, en verdad, una fuente de permanente bendición de Dios. Estamos invitados, en este nuevo año, a entrar en una intimidad más profunda con Dios. Se nos anima a entrar en conversación con el Señor y con nuestra Madre acerca de eventos de nuestra vida y de nuestro mundo. Se nos anima a una fe más profunda en Jesús y a una confianza más profunda en Dios.

Más que nada, Jesús y su Madre nos invitan a una mayor obediencia a los designios de Dios, a la voluntad de Dios para cada uno de nosotros y para nuestra Iglesia y nuestro mundo. Así como somos bendecidos, seamos nosotros también siempre una bendición para los demás.

En estos tiempos excepcionalmente desafiantes y difíciles, los invito a encontrar consuelo y paz en el abrazo amoroso de María, nuestra Madre y la Madre de nuestra esperanza, Jesucristo.

El Señor te bendiga y te guarde;

el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti,

y tenga de ti misericordia;

el Señor alce sobre ti su rostro, y te dé paz. (Números 6:24-26)

Noroeste Católico - Enero/Febrero 2021

Jesús viene a nuestro mundo imperfecto

El nacimiento de Jesús fue el cumplimiento de la promesa de Dios al Rey David de establecer un reino que no tendría fin. Jesús, el Hijo de Dios, viene para sanar las heridas del pecado y la división, para destronar a los poderosos, y exaltar a los humildes.

Un bebé que habla

Gracias a los evangelistas, tenemos la posibilidad de leer las enseñanzas y acciones primordiales de Jesús a lo largo de su vida. Yo creo, sin embargo, que Jesús habló más que nunca recién nacido en el pesebre de Belén, cuando aún no había aprendido a comunicarse con palabras. Él era la Palabra hecha hombre, como dice Sn. Juan: “La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Juan 1,14).

Ofreciendo nuestros sufrimientos por nuestros hermanos y hermanas

En la fiesta de Sn. Francisco, El Papa Francisco emitió una nueva encíclica, Fratelli Tutti, llamando al desarrollo de una familia humana. “Hemos sido hechos para la plenitud que solo se alcanza en el amor”, escribió el papa. “No es una opción posible vivir indiferentes ante el dolor, no podemos dejar que nadie quede “a un costado de la vida”.

Votar y botar

“Cada nación tiene el gobierno que se merece”. – Joseph de Maistre (1753–1821)