Adoremos de rodillas el Pan bajado del cielo

En el hijo de la Virgen, “envuelto en pañales” y “recostado en un pesebre” (cf. Lucas 2,12), reconocemos y adoramos “el Pan bajado del cielo” (Juan 6,41.51).  El Mesías, que viene a la tierra para dar vida al mundo, nace en Belén (Beth lehem), que en lengua hebrea significa “casa del pan”. Y duerme en un pesebre usado para alimentar a los animales. Su misión es evidente: alimentarnos. Más tarde dirá de sí mismo: “Yo soy el pan de vida” (Juan 6,35.48).

En la Navidad, pues, contemplamos extasiados el misterio del Pan bajado del cielo que nace en la casa del pan y es recostado en un pesebre. Así, nuestra adoración del Niño Jesús, en esta Noche Santa, se convierte en adoración eucarística. 

La celebración de la Navidad va acompañada de los nacimientos que ponemos en las parroquias y en nuestros hogares. Sus figuras nos invitan a la contemplación. Es difícil resistirse a imaginarse a uno mismo recorriendo las calles, bosques y ríos de los belenes navideños. ¿Quién no penetra con la mente cada una de las casitas y recorre lentamente el camino de los pastores hasta llegar a la cueva, cuyo pesebre permanece vacío hasta la Nochebuena, cuando por fin es recostado en él el Niño Dios? Y encontramos entre esas figuras a pastores y a alguno de los magos que vinieron de Oriente, adorando al Niño Jesús arrodillados.

Es de rodillas como se adora a Dios, en un gesto de humildad ante la presencia del Todopoderoso. Los hebreos consideraban las rodillas como símbolo de fortaleza. Doblar las rodillas significa, por tanto, doblegarnos ante la fuerza del Dios vivo.

En este caso, el Pan bajado del cielo duerme humildemente en un pesebre. No podemos menos que doblar nuestras rodillas con humildad en su presencia. Como escribió Joseph Ratzinger en El Espíritu de la Liturgia: “Quien aprende a creer, aprende a arrodillarse. Una fe o liturgia sin ponerse de rodillas, está enferma hasta la médula”.

En nuestra arquidiócesis estamos celebrando un Año de la Eucaristía. En su carta pastoral dedicada a este jubileo, La obra de redención, nuestro arzobispo, Mons. Paul D. Etienne, nos indica que en la misa, a partir de este adviento y en conformidad con la Instrucción General del Misal Romano, “debemos ‘arrodillarnos luego del Cordero de Dios’ hasta el momento de empezar la procesión de Comunión. Arrodillarse es una postura de adoración. Cuando nos ponemos de rodillas, ¡no podemos ‘hacer’ ninguna otra cosa! En este momento, nos preparamos para recibir la Comunión arrodillándonos en la presencia de Cristo, que ya está entre nosotros en el sacramento de su Cuerpo y Sangre, hasta que llega el momento de levantarnos y unirnos a la procesión de Comunión”.

Al nacer el Pan bajado del cielo, lo adoraron de rodillas los pastores y los magos. Por siglos, la Iglesia ha seguido adorando de rodillas al Cordero de Dios en la santa misa. Sigamos adorándolo nosotros, siempre de rodillas.

No olvidemos dirigir una mirada tierna y amorosa a María, Madre de la Eucaristía.

¡Apasiónate por nuestra fe!

Noroeste Católico - Diciembre 2020

Mauricio I. Pérez, miembro de la Parroquia de Sta. Mónica en Mercer Island, es periodista católico. Su sitio web es www.semillasparalavida.org.

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