“Este es el corazón que tanto ha amado al mundo y que recibe indiferencia e ingratitudes”. Con esta frase, en sus revelaciones a Sta. Margarita Maria de Alacoque, Jesús se queja de nuestra escasa respuesta ante la intensidad de Su amor Divino-Humano.
Solo cuando hemos experimentado un encuentro personal con otro hombre o mujer podemos sentir en nuestro interior lo que la otra persona está sintiendo: alegrías, penas, angustias, anhelos, etc.
El Verbo de Dios hecho hombre ha querido transmitirnos esa empatía de sentimientos. Jesús es el Rostro humano de Dios invisible y al mismo tiempo es el Rostro Divino del Hombre.
El Papa Francisco, en su encíclica Dilexit nos, nos invita a profundizar en esta dimensión de nuestra relación con Dios a través de Jesús. Por siglos, todas las diversas culturas hemos identificado al corazón como el centro de los sentimientos más íntimos. El corazón es la imagen gráfica y tangible de expresiones poéticas, místicas, pictóricas, musicales y artísticas que nos permiten traducir para los demás lo que sucede en nuestro interior.
Los cristianos sentimos las alegrías del corazón divino de Jesús, en la pureza de todos los que tienen corazón de niños en medio de un mundo convulso. Esos que mantienen la confianza a pesar de los fracasos, en el frágil corazón humano que Jesús conoció en su vida cotidiana.
En sus “confidencias” a la Beata Conchita Cabrera de Armida, Jesús nos adentra en ese Corazón Divino para compartirnos los sentimientos más íntimos de su corazón que sufre de manera especial por el pecado, y más agudamente, por los pecados de nosotros los sacerdotes, que tenemos la gracia y privilegio de pronunciar in persona Christi: “este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, en el poder del Espíritu durante la Eucaristía y que sin embargo celebramos rutinaria y descuidadamente lastimando con nuestra negligencia ese abismo insondable de amor que debemos entregar al mundo como alimento.
“Tanto amó Dios al mundo que, le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en El, tenga vida eterna” (Juan 3,16). El riesgo de creer en alguien es posible solamente por el amor. A diferencia del amor humano, que es frágil y cambiante, el amor Divino es eterno y más fuerte que la muerte y el infierno mismo, como nos dice el Cantar de los Cantares (8,6 ss). Dios jamás nos retirará su amor, aun a pesar de nuestras fallas o lentitud para corresponderle.
Los gigantes del amor divino son esos hombres y mujeres que a lo largo de los siglos se han dejado seducir por ese divino corazón que no defrauda jamás, pues como diría Sn, Agustín, solo descansaremos cuando le regresemos lo que Él ha creado para sí mismo. María, Madre de Jesús y Madre nuestra, nos enseña la dulzura de ese corazón que ella llevó en sus entrañas.
Que el torrente del divino amor nos haga clamar: “Grábame como un sello en tu corazón, como un sello en tu brazo” (Cantar de los Cantares 8,6).
Mons. Eusebio Elizondo, M.Sp.S., es obispo auxiliar de Seattle, también nombrado obispo regional para la región norte de la árquidiócesis.