“Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura”. – Marcos 16,15Apartir del momento en que Jesús da esta orden a sus discípulos, la predicación del Reino de Dios ha añadido nuevos miembros a su Iglesia: la asamblea universal de los creyentes.

Cada persona, en su encuentro con Jesús, traduce en su vida la alegría de esa experiencia, con su cultura y circunstancias. Hombres y mujeres de África, Europa, Asia, América y Oceanía, acogieron en sus corazones el Evangelio y lo aplicaron a sus vidas en su medio concreto, hace dos mil años al igual que en el presente.

La Iglesia, como Cuerpo de Cristo, está viva y continúa moviéndose con la energía que le da Cristo Resucitado. San Juan Pablo II, al exhortarnos a ser evangelizadores, decía que teníamos que mostrar un nuevo ardor, es decir, desempolvar la experiencia primera, el encuentro original que nos hizo enamorarnos de Jesús.

Un signo claro de que estamos en movimiento es nuestra arquidiócesis que, en los últimos años ha implementado nuevos métodos para evangelizar a través de “Compañeros en el Evangelio”, buscando hacer conciencia en todos los católicos de la necesidad de más vocaciones sacerdotales y un mayor anhelo de santidad en todos los bautizados que muestren su presencia en la asamblea eclesial, y, por supuesto nuevas expresiones de fe en la cotidianidad del mundo contemporáneo.

Sin duda surgirán de esta asamblea de creyentes auténticas formas de paz y no solo de desarmamentismo; nuevas expresiones de hermandad y no solo de cauteloso respeto a la distancia; nuevas manifestaciones de perdón y no solo silencioso resentimiento; nuevas acciones de caridad y no solo solidaridad humanitaria; nuevos horizontes místicos y no solo religiosidad pietista.

Al anuncio del arcángel Gabriel, María se levantó inmediatamente y se puso en camino para anunciar con su alegre vida el nuevo movimiento que sacudiría hasta los cimientos mas profundos todo lo descubierto hasta ese momento: que el Todopoderoso habita entre nosotros en la persona de Jesús.

Jesús vino a traer fuego a la tierra, pero solo para quemar todo lo que está seco y hacer renacer de las cenizas nuevos brotes que crezcan de entre las grietas sedientas de rocío. Jesús sigue sacudiendo mentes y corazones de miles en todas las latitudes y todas las culturas para que su fuego amoroso no se detenga y nos mantenga despiertos con su calor.

Los santos son aquellos que se movieron al fuego del Espíritu e incendiaron a otros con las brasas de su corazón. Quizá, como sucedió a muchos de los santos, nuestras brasas estén casi extinguidas y sin calor, pero el Aliento de Dios, su Santo Espíritu, sopla continuamente sobre las brasas personales, para iluminar a nuestro derredor, aunque su luz parezca muy tenue. Eso bastará para que otro encuentre su camino como humano.

“Te pido que todos estén unidos, como tú Padre en mí y yo en ti, para que el mundo crea” (Juan 17,21).


Este artículo apareció en el número de octubre/noviembre de 2025 de la revista Northwest Catholic. Lee el resto del número aquí.