Allá en la década de 1990, Mons. Thomas Murphy, arzobispo, me envió a estudiar al Seminario de Mundelein al norte de Chicago.
Durante mi segundo año, varios compañeros seminaristas y yo hicimos una peregrinación a Roma. Lo más brillante del viaje fue participar de la Misa con el Papa Juan Pablo II. Nunca olvidaré aquel día. La Guardia Suiza nos saludó en las rejas de bronce cerca de la entrada de San Pedro y nos escoltó por el laberinto vaticano. Pronto, estábamos en los apartamentos papales y entramos en una fila a la capilla privada del papa. Allí estaba, de rodillas en oración ante el Santísimo Sacramento. Nos apresuramos en silencio y nos unimos a él arrodillándonos.
Luego de cinco minutos de oración, se puso de pie lentamente, pues su Parkinson ya estaba algo avanzado. Dio media vuelta para vernos y nos saludó con una cálida sonrisa.
— In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.
— Amen.
La Misa había comenzado.
Posteriormente, fuimos llevados a un gran salón cerca de la capilla. Pronto, el papa vino a saludarnos. Sonreía y agitaba su mano en el aire. Yo exclamé, “¡Chicago!”. Su gozo era contagioso. Tenía además ojos azul cielo y manos suaves. Era como estrechar la mano con una almohada.
Avanzó por la fila para encontrarnos, obsequiando a cada uno un rosario, que todavía conservo. Cuando llegó conmigo, preguntó,
— ¿Eres tú el superior?
Esto nos hizo reír a todos. Yo quería responderle, “Si, lo soy”, pero me quedé sin palabras. Mi mamá solía decir que si el papa alguna vez necesitaba un milagro para su canonización, el hecho de dejarme mudo a mí debía contar por dos.
El momento más gracioso fue cuando uno de nuestros compañeros intentó impresionar al papa diciéndole
— Buenos días, Santo Padre — en polaco. No sé qué palabras salieron de su boca. Pudieron haber sido, “Buenos días, Santa Madre”. Sea lo que fuere, el papa se rio, le dio una amistosa caricia en la mejilla y le dijo,
— Quédate con el inglés.
Fue un día maravilloso y un hermoso recuerdo que siempre atesoraré.
¿Qué hizo del Papa Sn. Juan Pablo II un santo? Para mí su gozo a pesar de estar profundamente deshabilitado por el mal de Parkinson. Su gozo no solo encendía el salón, sino también el mundo entero.
En una de sus audiencias generales en octubre, el Papa León XIV dijo sabiamente. “Existe un obstáculo que nos impide con frecuencia reconocer la presencia de Cristo en nuestras vidas diarias: asumir que el gozo debe estar libre del sufrimiento”. Incluso agregó, “Hermanos y hermanas, la resurrección de Cristo nos enseña que ninguna historia está tan marcada por la desilusión o el pecado que no pueda ser visitada por la esperanza”.
Para mí, el Papa Sn. Juan Pablo II encarnaba esa esperanza. Cada vez que tengo un mal día, trato de recordar su sonrisa. Me ayuda.